¿Hasta qué punto un proyecto político depende de la capacidad de una sola persona para seducir y movilizar al votante? En un escenario de alta polarización, las elecciones del 29 de noviembre están marcadas por los hiperliderazgos: candidatos tanto de izquierdas como de derechas, con una larga trayectoria pública y una elevada notoriedad. Más que entre programas electorales o incluso entre siglas, la contienda se plantea entre dirigentes con una fuerte ascendencia sobre sus partidos, cada vez más dependientes de sus figuras principales y con mayores dificultades para encontrarles relevo. ¿Hasta qué punto estos personalismos pueden convertirse en un arma de doble filo?
Pedro Sánchez (PSOE), Alberto Núñez Feijóo (PP), Santiago Abascal (Vox), Ada Colau (Frente Amplio), Irene Montero (Podemos), Gabriel Rufián (ERC) y Miriam Nogueras (Junts). Ninguno de estos nombres es nuevo ni desconocido para quien siga mínimamente la actualidad política. Con matices, todos comparten un rasgo: son líderes muy reconocibles que marcan el rumbo de sus partidos y condicionan el debate en sus respectivos espacios. Y, por ahora, no parece fácil que nadie les dispute el protagonismo.
“Los hiperliderazgos tienen una doble cara: son una fortaleza electoral pero pueden convertirse en una vulnerabilidad organizativa”, asegura Anna López, doctora en Ciencia Política y licenciada en Periodismo. Cuando un partido concentra buena parte de su identidad en una persona, gana “capacidad movilizadora”, “visibilidad mediática” y “claridad en el mensaje”. Esa personalización ayuda a cohesionar a los votantes ya establecer con ellos una conexión emocional directa.
Los hiperliderazgos son una fortaleza electoral, pero pueden convertirse en una vulnerabilidad organizativa
El problema aparece cuando el líder acaba pesando más que el propio proyecto y la organización. “Es entonces cuando el éxito puede convertirse en un problema de sucesión”, advierte López. Hay otro riesgo: cuando la política se reduce a estar a favor o en contra de un líder, el debate sobre las soluciones a los problemas que afectan a la ciudadanía queda relegado y los ataques personales desplazan a los argumentos.
La permanencia en la vida pública
Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación y consultor político, describe el panorama de la campaña que se avecina: el presidente Sánchez lleva ocho años en el cargo y lo vuelve a intentar; Feijóo, el líder del PP, se presenta por segunda vez a unas elecciones generales, pero antes gobernó durante 13 años en Galicia; Abascal lleva también una docena de años al frente de Vox y Rufián suma una década como diputado. “Hay ciudadanos que han pasado de niños a adultos y que solo conocen a estos líderes”, resume.
El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, en un acto / MANU MITRU
La continuidad de los liderazgos convive con otra tendencia: cuando toca buscar candidato, los partidos recurren a dirigentes que ya tuvieron protagonismo en el pasado. Es lo que ha sucedido en la izquierda alternativa con Colau o en el PSC con el ministro Jordi Hereu. “Los partidos apuestan por líderes que han demostrado su empuje electoral. Prefieren no arriesgar y recurrir a personas que han destacado”, explica el consultor, que atribuye la dificultad de generar relevos a que en estos momentos los partidos “no son suficientemente atractivos” como para atraer talento de la sociedad civil, pero también a las dificultades de esos líderes para “autolimitarse”, sea por ambición o por vocación. “Así, permanecerá en primera línea más tiempo del que sería razonable”, concluye.
La apuesta por las caras conocidas
El calendario electoral también condiciona las decisiones. Cuando los cómics se convocan de forma imprevista, las formaciones tienen que reaccionar con rapidez y tienden a apostar por opciones que consideran seguras. El publicista Lluís Carrasco, experto en marketing estratégico y electoral, explica que recurren a personas mediáticas y conocidas por la ciudadanía. “Nadie se plantea votar a alguien que no conoce”, sentencia. Pero la elevada notoriedad tiene una contrapartida: suele ir acompañada de un alto “índice de rechazo”. Para lanzar una nueva cara con el equilibrio perfecto entre notoriedad y poco rechazo hace falta “tiempo”, precisamente el recurso del que carecen los partidos cuando las elecciones se precipitan. “Acaba siendo un tapón, porque se acaba apostando por personas ya consolidadas”, afirma.
Un buen líder tiene que saber siempre quién puede sustituirlo y cómo favorecer un buen relevo.
Teresa Baró, experta en comunicación personal y liderazgo, comparte el diagnóstico. Ante unos comicios convocados por sorpresa, las organizaciones buscan una “carta segura”. Mantener al líder permite dar por hecha buena parte de la campaña. Hay “miedo al riesgo” en esas circunstancias. El precio, sin embargo, es el desgaste de una política en la que la ciudadanía percibe que “siempre están las mismas caras”, algo que acaba provocando “cansancio”. Para Baró, “un buen líder tiene que saber siempre quién puede sustituirlo y cómo favorecer un buen relevo”. No siempre es fácil, apunta, ya que la atracción por el poder puede dificultar que emerjan alternativas.
La importancia del relevo
El relevo de un hiperlíder no consiste solo en encontrar un nombre. También exige “reconstruir una autoridad” que hasta entonces se había concentrado en una persona. “En política, la verdadera prueba de liderazgo no es solo la capacidad de ganar elecciones, sino la de favorecer un relevo sin poner en cuestión la continuidad del proyecto”, sostiene López. La clave para lograrlo es haber construido antes de una organización capaz de sobrevivir a su propio líder. “Un líder géneros relevo; un hiperlíder, no”, resume Gutiérrez-Rubí. Carrasco es aún más contundente: “Les cuesta. Deberían asegurar los intereses del país y del partido por encima de los propios, pero solo se ven a ellos mismos. Nunca encontrarán el momento de ceder el testigo”. El consultor considera que la política española y catalana necesita rejuvenecer sus liderazgos unos 20 años para que emerjan “caras ilusionantes”.
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y el de Vox, Santiago Abascal / Eduardo Parra / EP
Los expertos coinciden en que la política se encamina hacia una etapa de hiperliderazgos. Basta con mirar a las tres grandes potencias del mundo: Donald Trump en Estados Unidos, Vladímir Putin en Rusia y Xi Jinping en China. “La idea de que los países fuertes tienen líderes fuertes que permanecen mucho tiempo en la vida pública es un marco mental que lentamente se va inoculando. No hay estímulo a las alternancias, sino a la permanencia y la continuidad”, advierte Gutiérrez-Rubí. López, sin embargo, apunta a un modelo distinto que conviene tener en cuenta: el del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, cuya campaña “no se centró únicamente en su personalidad”, sino que combinó propuestas para hacer frente al costo de la vida con una red de activistas y voluntarios.
La paradoja del hiperliderazgo es que cuanto más depende de un partido de una persona para ganar, más difícil puede resultarle sobrevivir sin ella. Porque la verdadera fortaleza de una formación no se mide solo por la capacidad de su líder para ganar elecciones, sino también por su preparación para continuar sin él.
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