De todas las elecciones a las que se ha presentado Santiago Abascal en su ya dilatada carrera política, y han sido muchas desde sus inicios como joven militante del Partido Popular (PP) en el País Vasco, las del próximo 29 de noviembre son sin duda las más importantes. De la cita con las urnas en los comicios para el Congreso de los Diputados y el Senado el presidente de Vox podría salir como el hombre que no solo se consolidó a la extrema derecha en España, algo que está ya fuera de toda duda, sino como el que la llevó por primera vez al Gobierno. O, en caso contrario, y siempre y cuando Pedro Sánchez y la izquierda lograsen de nuevo dar la vuelta al consenso de las encuestas, como un líder que no logró derrotar al Ejecutivo al que tanto se han enfrentado después de cuatro elecciones consecutivas encabezando la candidatura de su formación. Solo el propio Sánchez le supera en el número de veces que ha sido candidato.
Los sondeos abonan la primera de las posibilidades. Sin ir más lejos la última encuesta preelectoral de GESOP para Prensa Ibérica, que sitúa a Vox muy cerca del 20% del voto, con un 18,9%, y con entre 68 y 72 escaños, más del doble, incluso en la horquilla baja, de los 33 que obtuvieron en las últimas elecciones generales.
Con estos números encima de la mesa, Abascal vive, descontado el más que obvio antagonismo ideológico, su particular ‘momento Podemos’. Hace una vez años, en las elecciones generales de diciembre de 2015, entonces con Pablo Iglesias al frente, la formación morada irrumpió con una fuerza inusitada en las Cortes, como tercera fuerza con el 20% de los sufragios, rozando el sorpasso al PSOE que largamente acarició y provocando una sacudida en la vida política nacional que, si bien no inmediatamente, terminó propiciando el final, apenas dos años y algunos meses después, del Gobierno de Mariano Rajoy.
Aquel Podemos y su halo político traspasaba fronteras, y se codeaba con líderes internacionales como el entonces líder de Syriza y primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras. Hoy Abascal lo hace en su espectro con importantes líderes extranjeros, como ha quedado de manifiesto esta semana, cuando ha ejercido de anfitrión, primero en Ceuta y luego en Madrid, de Jordan Bardella, la gran estrella con permiso de Marine le Pen de la extrema derecha francesa, al que el presidente de Vox presentó como el futuro “primer ministro” galo.
Paralelismos
Los paralelismos son obvios de formular, y ahora es Vox quien aspira desde hace tiempo a ser la fuerza tractora que permita poner fin a un presidente, Sánchez, al que han tildado desde 2019 de “traidor”, “ilegítimo” o incluso de “psicópata peligroso”. Pero en el cuartel general de Vox se esfuerzan en trasladar un mensaje de cautela ante las expectativas, no tanto las propias, pues dan por descontado que efectivamente experimentarán una fuerte crecida que les permitirá sacar pecho tras el 29-N, como de las del bloque de la derecha. De manera casi hilarante, y en privado, quienes saben y mandan entre bambalinas en Vox parecen abonar igual o más que el PSOE y la izquierda la posibilidad de que Sánchez repita una victoria contra los pronósticos. Y todo porque, como llevan repitiendo desde hace tiempo a todo el que les quiera escuchar con atención, creen que la estrategia del PP y de Alberto Núñez Feijóo no acierta a la hora de que el bloque sume. Paradójicamente de nuevo, aunque también en defensa de sus propias fortalezas como formación, creen que el giro a la derecha en algunas materias del jefe de la oposición, por ejemplo en la cuestión migratoria, espanta a una parte del electorado que nunca, permitiría, votaría a Vox, pero que sí podría hacerlo por el PP.
Si finalmente esos augurios se cumplen, no hay duda alguna de que el futuro de Feijóo será el de la jubilación política, y de que se abriría una crisis sucesoria en el PP de consecuencias harto impredecibles. No hay la misma certeza de que eso pudiera ocurrir en Vox, donde el liderazgo de Abascal solo ha sido discutido hasta ahora por un grupo de críticos notables pero de escaso poder en los órganos del partido, con el ex portavoz parlamentario y el ex secretario general, Iván Espinosa de los Monteros y Javier Ortega Smith, como figuras más destacadas.
Quienes más cerca están de él no le ven, a sus cincuenta años recién cumplidos, con voluntad alguna de arrojar la toalla, sea cual sea el resultado. Y sí con la de seguir liderando un proyecto que además de su obvia dimensión española tiene alcance intencional, pues no en vano Abascal es el presidente de Patriotas, el grupo europeo que tiene en la candidata francesa a la Presidencia, Le Pen, y en el ex primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, a sus principales impulsores.
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