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Puigdemont es imprevisible. Lo fue cuando dio marcha atrás y no convocó elecciones después del 1-O. También cuando, después de la declaración de independencia, apareció súbitamente en Bruselas. Tratar de esclarecer su hoja de ruta es un deporte de riesgo. Más de un socialista se llevó las manos a la cabeza cuando Pedro Sánchez se aventuró a formar gobierno con su apoyo. No parece un sillar sólido para elevar ningún proyecto. Demasiado cambio de opinión -no siempre ajustado a la lógica ni a la lealtad-, una sólida experiencia en dilapidar puentes -véase la salida del Govern- y una empedernida querencia por elegir la vía más favorable a sus intereses particulares. Siempre por Catalunya, por supuesto. ¿Y esto qué significa? Pues, básicamente, cualquier opción que desgaste a ERC. De la sanidad, la educación o los precios de la vivienda ya se encargarán los tristes que están por tejer soluciones.