En marzo de 1974, Stephen Hawking publicó el papel que hizo su nombre. Contenía la revelación de que agujeros negros – gigantes gravitacionales de los que nada, ni siquiera la luz, puede escapar – no crecen y crecen hasta el fin de los tiempos, sino que se encogen lentamente a medida que liberan partículas en un fenómeno ahora llamado radiación de Hawking.
Las implicaciones eran desconcertantes. Los cálculos de Hawking mostraron que la radiación debería ser aleatoria, sin ofrecer forma de predecir qué tipos de partículas surgirán. El problema era que cualquier cosa que cae en un agujero negro contiene información (qué tipo de partículas está hecha, sus configuraciones, sus estados cuánticos) y si lo que regresa es aleatorio, esa información se pierde para siempre tan pronto como el objeto cae. absorbido. Pero la física opera sobre la idea de que, si conocemos toda la información sobre un sistema, podemos reconstruir su pasado y predecir su futuro.
¿Pueden los agujeros negros realmente hacer lo imposible, destruir todo lo que atraen? Esa perspectiva se llama la paradoja de la información del agujero negro. Ha ocupado a los físicos durante décadas, no sólo porque resalta la profunda desconexión entre relatividad generalla teoría de la gravedad de Albert Einstein y teoría cuántica – pero también porque ofrece la esperanza de una reconciliación.
Ahora, 50 años después de su inicio, la paradoja está prácticamente resuelta. Y, sin embargo, los físicos no están celebrando como cabría esperar porque su solución no ha resultado en el tan buscado teoría cuántica de la gravedad. En muchos sentidos, sólo ha profundizado el misterio de lo que sucede dentro del negro…