El Presidente Catalán Salvador Illa y Carles Puigdemont se Saludan en la Delegació de la Generalitat en Bruselas, 2 de Septiembre de 2025 / SIMON WOHLFAHRT / AFP
Hay pocas imágenes capaces de suscitar tanta polarización como la del president de la Generalitat, Salvador Illa, con el expresident Carles Puigdemont, reunidos ayer en Bruselas. Para unos, supone legitimar todo lo que representa Puigdemont como máximo responsable de un proceso político que dividió a Catalunya y la llevó al borde del precipicio. Para otros, los siete años que han pasado justifican un encuentro que debería ser el penúltimo acto de normalización de la vida política catalana a la espera de que el expresident pueda volver a España. Este contraste de percepciones no es fácil de erradicar teniendo en cuenta que las heridas del procés aún no están del todo restañadas. Sin embargo, no sería tan acusado si no estuviera azuzado por la politización del encuentro de Bruselas. El Partido Popular sostiene que la reunión solo se explica por los aprietos que sufre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para aprobar unos nuevos Presupuestos. Una opinión que coincide con la expresada por algún portavoz de Junts per Catalunya. Los socialistas y sus socios de gobierno insisten en un diálogo que, ciertamente, puede ser beneficioso para el país, pero que no puede esconder la realidad de una aritmética parlamentaria muy exigente. Tanto en el Congreso de los Diputados como en el Parlament de Catalunya. De todo hay en la foto de ambos líderes en la delegación de la Generalitat de Catalunya en Bruselas. Un ejercicio de diálogo, que celebramos, y un juego político que necesita más transparencia y debate en ambas cámaras.
Salvador Illa ha tardado 13 meses en reunirse con Puigdemont. Ha esperado que el Congreso de los Diputados aprobara la ley de amnistía y que el Tribunal Constitucional validara la ley. Sin embargo, la decisión del Tribunal Supremo de considerar que los delitos de malversación que Puigdemont pudiera haber cometido no son amnistiables dejaban margen para aplazar más el encuentro si no quería poner en entredicho su política de normalización. En este caso, incluir a Puigdemont en la ronda de encuentros con todos los expresidentes. A raíz del encuentro se ha hablado de una «amnistía política», un término que tiene connotaciones ambiguas pero que resulta inevitable teniendo en cuenta el intrincado conflicto jurídico y político que sigue bloqueando una plena amnistía jurídica.
Ni el momento escogido, ni las formas, que han sido contenidas, modificarán el grueso de las actitudes que cristalizaron durante el procés. A Salvador Illa le queda mucha pedagogía que hacer para convencer a la opinión pública de que el encuentro de Bruselas será útil para avanzar en la plena normalización de la vida política catalana. Y a Carles Puigdemont, que se reúne hoy con la ejecutiva de Junts per Catalunya, el paso dado por Illa debería servirle para aterrizar en la Catalunya de hoy, que no es la de hace una década, y que demanda respuestas a desafíos cada vez más complejos. Una vez más en todo este camino se hacen pasos en la buena dirección, pero quedan ensombrecidos por la sensación de trueque puramente partidista que los alimentan. Porque en todo este camino sigue faltando que la normalización tenga el revés de la moneda del compromiso de no reincidir en algunas conductas que pisotearon los derechos de muchos catalanes.