El camino del catalán hacia el reconocimiento oficial dentro de las instituciones de la UE continúa generando debate en toda Europa Crédito: esfera, Shutterstock
La cuestión ha estado rondando por Bruselas durante años y ahora el Ministro de Asuntos Exteriores de España la ha vuelto a poner firmemente sobre la mesa. El catalán, afirma, se convertirá en lengua oficial de la Unión Europea, tarde o temprano.
En declaraciones a Catalunya Ràdio, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, se mostró tranquilo pero confiado. Evitó dar plazos y dejó claro que las conversaciones aún están en curso, pero su mensaje fue sencillo: el reconocimiento del catalán, el euskera y el gallego no es una cuestión de si, sino de cuándo.
Esa confianza, sin embargo, se produce en un contexto de lento progreso, resistencia silenciosa de algunos países de la UE y tensiones políticas en España.
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¿Por qué España está impulsando el tema ahora?
El argumento de Albares lo ha repetido varias veces en los últimos meses. El catalán lo hablan alrededor de 10 millones de personas, señaló, más que algunas lenguas que ya disfrutan de pleno estatus oficial dentro de las instituciones de la UE.
Desde el punto de vista de España, esto hace que la situación actual sea cada vez más difícil de justificar. Si el maltés o el irlandés pueden utilizarse en los debates y documentos europeos, sostiene Madrid, entonces el catalán merece el mismo trato.
Entre bastidores, España ha mantenido reuniones con países que aún no están convencidos. Albares reconoció que algunos Estados miembros todavía tienen “dudas”, pero pidió discreción, afirmando que las negociaciones son delicadas y están en curso.
Lo que no hizo fue nombrar a los países que bloquean la medida, una señal de que Madrid está tratando de evitar que el tema se convierta en un enfrentamiento público.
La política interna complica el panorama
Si bien Albares evitó señalar con el dedo al extranjero, se mostró menos comedido en lo que respecta a la política interna. Sin dar nombres al principio, criticó a los actores políticos españoles que, según él, están trabajando activamente en contra de la propuesta.
Más tarde, se entendió ampliamente que sus comentarios estaban dirigidos al Partido Popular (PP), al que acusó de presionar a los gobiernos conservadores de toda Europa para que se opusieran al plan.
“Eso me duele”, dijo Albares, añadiendo que bloquear el reconocimiento del catalán en última instancia va en contra de los propios españoles.
La cuestión está estrechamente ligada a la política parlamentaria española. La iniciativa para hacer del catalán una lengua oficial de la UE forma parte de un acuerdo político entre el Partido Socialista y el partido independentista catalán Junts, que apoyó la elección de Francina Armengol como presidenta del Congreso.
Para los críticos, ese vínculo debilita la credibilidad de la propuesta. Para sus partidarios, simplemente refleja la realidad de la política de coalición en España.
¿Por qué está tardando tanto?
Hacer oficial una lengua a nivel de la UE no es un gesto simbólico. Conlleva consecuencias financieras, legales y administrativas, desde servicios de traducción hasta procedimientos parlamentarios.
Fundamentalmente, la decisión requiere la aprobación unánime de los 27 estados miembros. Eso significa que un solo país puede detener el proceso indefinidamente.
Algunos gobiernos desconfían de los costos involucrados. Otros temen que reconocer el catalán pueda fomentar demandas similares de lenguas regionales dentro de sus propias fronteras.
Eso ayuda a explicar por qué, a pesar del cabildeo de España, el progreso ha sido lento y por qué Albares tuvo cuidado de no prometer resultados rápidos.
¿Qué pasa después?
Por ahora, el catalán permanece fuera de la lista de lenguas oficiales de la UE. Albares no ofreció ningún cronograma ni garantías, sólo un claro sentido de dirección.
España seguirá negociando. Es probable que la resistencia persista. Y la decisión final, cuando llegue, será tan política como cultural.
Aun así, el mensaje de Madrid es claro: no se trata de una exigencia pasajera. Ya sea que lleve meses o años, España tiene la intención de seguir presionando hasta que el catalán –junto con el vasco y el gallego– finalmente gane un asiento en la mesa lingüística de Europa.
Y en Bruselas, donde la paciencia es a menudo la moneda del progreso, puede que así sea exactamente como finalmente se produzca el cambio.
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