El pasado miércoles, al concluir el pleno semanal del Congreso de los Diputados, y en un ángulo de la conocida como M-30 (el pasillo que circunda el hemiciclo) que escapó a las cámaras, Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal se toparon y se saludaron con un correcto presionado de manos, para seguir cada uno su camino. Una escena sin mayor relevancia, y tampoco mayor jugo periodístico, pues ni se detuvieron tanto para exhibir una gran sintonía ni se evitaron sugiriendo todo lo contrario.
Esa misma mañana, en la inauguración del campus de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) en la Fundación Ortega-Marañón en Madrid, el expresidente del Gobierno, José María Aznar, alineado de manera inequívoca con Feijóo durante los cuatro años que este lleva al mando del Partido Popular (PP), lanzó alguna carga de profundidad contra Vox, como por otra parte viene haciendo desde hace años.
Habló por ejemplo, dentro de una defensa del Estado de las autonomías, de la amenaza que afrontaría este modelo por la pretensión “plurinacional” de la izquierda, por un lado, y “el esencialismo de cierta derecha”, por el otro. Pero la bala más visible que Aznar tenía guardada contra Abascal -el que un día fuera un joven y prometedor dirigente del PP vasco, hijo de un histórico de los populares de Álava al que el entonces presidente del Gobierno llegó a prologar uno de sus libros- la lanzó en el mismo campus de FAES el viernes, en la jornada de clausura junto a Feijóo.
Allí, ante un auditorio de influyentes personas del mundo político e intelectual de la derecha, arremetió de manera tan velada como hiriente contra el presidente de Vox, poniendo en duda incluso su patriotismo, todo un aldabonazo contra el máximo dirigente de la formación que gobierna desde este año junto al PP cuatro comunidades autónomas: Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía.
Para el que fuera inquilino de la Moncloa entre 1996 y 2004 y líder del PP hasta ese año y desde 1989, “el patriotismo es una virtud recatada, a Alberto no le hace falta disfrazarse de capitán de los tercios para demostrarla”, sentenció al inicio de su intervención, con Feijóo en la primera fila. Es justamente lo que había hecho el presidente de Vox en una imagen de 2019 que en su día fue muy comentada en las redes sociales, al poco de aparecer Vox como una fuerza con representación parlamentaria.
Un dilema endiablado
El lema del campus de FAES, ‘América latina en transformación, consecuencias para la Unión Europea’, ponía el foco en un lugar del mundo donde, efectivamente, se están produciendo relevos gubernamentales a favor de la derecha y en detrimento de la izquierda (José Antonio Kast por Gabriel Boric en Chile, Abelardo de la Espriella por Gustavo Petro en Colombia) aunque eso no significa que los nuevos gobernantes puedan ser correligionarios del PP, el partido tradicional de la derecha española.
Por el contrario, es más evidente en los citados casos su proximidad a Vox, que desde hace tiempo presume de una agenda internacional que en nada desmerece a la que pueda exhibir el PP, ni ningún otro partido español, empezando por el PSOE. De ahí surgen, precisamente, y de acuerdo con el Partido Popular Europeo (PPE), aquejado de su pérdida de influencia al otro lado del Atlántico, los movimientos de Feijóo en apoyo de dirigentes aún tan claramente en la extrema derecha como el citado presidente colombiano, o más en su terreno la connivencia mostrada con la flamante presidenta de Perú, Keiko Fujimori, a cuya toma de posesión en Lima este verano llegó.
Pero además de estas cuestiones, la necesidad de poner distancia con Vox, con la ayuda de Aznar, responde al auge en las encuestas que de nuevo empieza a experimentar la extrema derecha, en una situación donde no en vano la crisis de Ceuta ha vuelto a centrar el debate en cuestiones como la inmigración o las relaciones internacionales de Pedro Sánchez sobre las que Abascal lleva tiempo martilleando, siempre con un discurso en fondo y forma que va mucho más allá de lo que lo suele hacer Feijóo.
Ante esta emergencia, y según confiesan en Génova, los populares viven un cierto y endiablado dilema, pues no pueden permitir que la subida de Vox sea tanta como para amenazar su posición de hegemonía dentro de su bloque ideológico, pero tampoco una pérdida de votos que sería muy lesiva para las posibilidades de Feijóo de lograr suceder, en su segundo y último intento, a Sánchez en la Moncloa. De ahí que quepa compaginar coaliciones de gobierno con ataques como los proferidos por Aznar. Sin perder la buena educación y poder estrecharse las manos en un pasillo.
Suscríbete para seguir leyendo