La inteligencia artificial está siendo aclamada como la próxima frontera en la atención sanitaria, pero, como escribe el locutor y defensor de los derechos de las personas con discapacidad Matthew Kayne, la empatía no se puede automatizar. El verdadero cuidado existe en la presencia humana, en los momentos de comprensión que sólo las personas pueden ofrecer.
Vivimos en una época en la que la tecnología promete solucionarlo todo, desde las listas de espera en los hospitales hasta la soledad. Actualmente se está probando la inteligencia artificial para monitorear a los pacientes, predecir enfermedades e incluso brindar “compañía”. Pero como alguien que ha vivido la realidad humana de los sistemas de atención, no puedo evitar preguntar: ¿puede alguna vez una máquina cuidar de verdad?
La tecnología puede hacer muchas cosas notables. Puede realizar un seguimiento de los latidos de su corazón, recordarle que debe tomar medicamentos o alertar a los médicos en caso de emergencia. Pero la atención no se trata sólo de proceso: se trata de presencia. Es la mano que te tranquiliza cuando tienes miedo, la voz que escucha cuando te sientes invisible, la conexión que te recuerda que aún importas. Ningún algoritmo, por muy avanzado que sea, puede replicar eso.
He pasado años navegando por sistemas de atención sanitaria y social que a menudo olvidan esa simple verdad. He visto lo que sucede cuando la burocracia reemplaza a la empatía, cuando las decisiones se toman basándose en los costos en lugar de en la compasión. Ahora que la IA se convierte en la próxima gran solución, me temo que corremos el riesgo de volver a cometer el mismo error, sólo que con herramientas más brillantes.
El problema no es la tecnología en sí. De hecho, la innovación podría transformar la vida de las personas con discapacidad si se utiliza de manera responsable. Los hogares inteligentes, los dispositivos adaptables y los asistentes digitales ya han hecho posible la independencia de muchas personas que alguna vez estuvieron atrapadas por barreras. Pero lo que me preocupa es cuando empezamos a creer que la empatía se puede automatizar, que la comprensión emocional se puede subcontratar al software.
Durante mi batalla contra el cáncer de vejiga, aprendí que la atención es tanto un arte como una ciencia. Los mejores médicos no eran necesariamente los que tenían las máquinas más sofisticadas; ellos fueron los que me miraron a los ojos y me vieron como una persona, no como un paciente. Me hicieron sentir humana otra vez. Eso es algo que ninguna línea de código puede lograr.
La verdad es que las personas no sólo necesitan tratamiento: necesitan ser escuchadas. Sin embargo, a medida que aumentan las presiones financieras y la carga de trabajo, algunos líderes ven la IA como una forma de llenar los vacíos emocionales en la atención. Ahora se comercializan “compañeros de IA” en residencias de ancianos, que prometen hacer compañía a los residentes. Pero, ¿es esa compañía o simplemente una soledad digital disfrazada de ayuda?
Cuando el cuidado se vuelve mecánico, las personas se vuelven invisibles. El riesgo no es que la IA tome el control, sino que nos haga olvidar lo que nos hace humanos.
La ironía es que la empatía es lo que más necesitamos y lo que más pasamos por alto. Cuando luché por mi derecho a la independencia y por mejores servicios de sillas de ruedas, el mayor problema no fue la falta de políticas: fue la falta de escucha. Se tomaron decisiones sobre mi vida sin mí en la habitación. Es el mismo principio que está en juego con la tecnología: el progreso le sucede a las personas, no a ellas.
Creo que la IA puede ser una fuerza para el bien, pero sólo si está guiada por personas que entienden el cuidado a nivel humano. Lo que necesitamos es innovación ética, no sólo eficiencia. Todo nuevo sistema debería comenzar con una pregunta: ¿Esto hace que la vida de alguien sea más humana o menos?
Ahí es donde la experiencia vivida debe marcar el camino. Los formuladores de políticas y los desarrolladores deben escuchar a aquellos de nosotros que sabemos lo que es depender de la atención, no solo como casos de prueba, sino como cocreadores. Las personas con discapacidad, las personas mayores y aquellas con enfermedades crónicas deberían sentarse a la mesa del diseño, dando forma a cómo la tecnología apoya la dignidad y la autonomía.
La IA tiene un enorme potencial para la accesibilidad: imagine software que ayude a las personas a comunicarse o herramientas predictivas que prevengan las crisis antes de que ocurran. Pero estas innovaciones nunca deben reemplazar el núcleo de la atención. La tecnología debería potenciar la compasión, no borrarla.
El peligro no es que los robots reemplacen a las enfermeras, sino que comencemos a tratar a las enfermeras como robots, presionadas para realizar tareas más rápido y más barato a expensas de la empatía. Una vez que comenzamos a medir la atención en métricas en lugar de momentos, ya habremos perdido algo sagrado.
Cuando escribí mi canción Free Like a Bird, trataba sobre el mismo sentimiento: la tensión entre control y libertad. Entre ser monitoreado y ser comprendido. La tecnología puede hacernos libres, pero sólo si sirve a la persona, no al sistema.
Nos encontramos en una encrucijada. Podemos construir un futuro en el que la IA mejore la atención, o uno en el que la vacíe de sentimientos. La diferencia dependerá de una cosa: si todavía creemos que la empatía importa.
Mientras abrazamos las máquinas, no olvidemos el milagro de ser humanos.
Matthew Kayne es locutor, activista político y defensor de los derechos de las personas con discapacidad que ha convertido los desafíos personales en plataformas para el cambio. Es el fundador y propietario de Sugar Kayne Radio, una estación en línea dedicada a música edificante y conversaciones significativas, y líder de una petición nacional que pide una reforma del servicio de sillas de ruedas en el Reino Unido. Matthew, que vive con parálisis cerebral y sobrevivió a un cáncer de vejiga, canaliza su experiencia vivida hacia la defensa, la radiodifusión y la composición de canciones. Su ambición a largo plazo es llevar esta experiencia a la política como diputado, defendiendo los derechos de las personas con discapacidad, el acceso a la atención médica y la inclusión en el lugar de trabajo.
LEER MÁS: ‘Por qué la atención oncológica del NHS todavía falla a las personas discapacitadas’. Matthew Kayne ha vivido lo mejor y lo peor del sistema sanitario británico. Diagnosticado con cáncer de vejiga y viviendo con parálisis cerebral, vio de primera mano cómo la mala comunicación, los servicios lentos y la indiferencia sistémica dificultan la recuperación de los pacientes discapacitados, y por qué hace mucho que se necesita una reforma urgente.
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Imagen principal: Pavel Danilyuk/Pexels