Con un clima cambiante, las costas que nutren muchos de los ecosistemas y economías más vibrantes de Estados Unidos están sufriendo cambios transformadores en las tierras bajas.
Una mirada más cercana a los cambios realizados por los investigadores del Laboratorio Nacional Oak Ridge del Departamento de Energía para prepararse para el futuro.
Los humedales costeros son barreras contra las inundaciones, aunque se ven afectados por grandes tormentas, el aumento del nivel del mar y el desarrollo humano.
Los investigadores están estudiando esos entornos para mejorar las simulaciones del sistema terrestre del país.
Su trabajo en las marismas costeras de Luisiana, los manglares de Texas y los humedales de la bahía de Chesapeake y el lago Erie es fundamental para comprender cómo responden estos ecosistemas cuando aparecen factores estresantes ambientales.
Una mirada más cercana a la costa de Luisiana
Un proyecto en marcha, dirigido por la investigadora principal Elizabeth Herndon de ORNL, está estudiando los procesos biogeoquímicos que tienen lugar a lo largo de la costa de Luisiana.
Se seleccionaron dos sitios contrastantes para este estudio: uno en el que un delta está creciendo debido a la desviación del río y el otro donde la tierra se está hundiendo debido a un corte en el suministro de sedimentos.
Este estudio considera las inundaciones de agua dulce y de mar para comprender las interacciones en estos ecosistemas entre el fosfato, el hierro y el manganeso.
El equipo de Herndon recolecta muestras de agua y suelo para rastrear el impacto de las inundaciones y el drenaje en parámetros ambientales como el pH, la humedad y las condiciones redox.
Estos son procesos muy importantes para las transformaciones químicas adecuadas para el ecosistema. Este trabajo permitirá obtener capacidades de modelado predictivo significativamente mejoradas para la toma de decisiones y la preparación de Nueva Orleans para el futuro.
El aumento del nivel del mar, que provoca el derretimiento del hielo y de las capas de hielo, conduce a la erosión de la costa y a la inundación de hábitats críticos como humedales y manglares.
Las temperaturas globales más cálidas alteran la distribución de las especies costeras, ya que algunas especies migratorias se desplazan a regiones más frías mientras que otras se enfrentan a la extinción.
El aumento de los niveles de CO2 atmosférico provoca la acidificación de los océanos, lo que puede dañar la vida marina, especialmente la que tiene estructuras de carbonato de calcio. Los cambios en los patrones de precipitación alteran la salinidad de las aguas costeras y perturban el delicado equilibrio de los ecosistemas marinos.
Además, la creciente intensidad de los fenómenos meteorológicos, como huracanes o ciclones, tiende a causar una destrucción extensa de estos hábitats.
Por último, pero no por ello menos importante, estos valiosos servicios ecosistémicos (uno en forma de secuestro de carbono y otro en forma de protección contra tormentas) que prestan las regiones costeras se ven comprometidos tanto para el medio ambiente como para las comunidades humanas que dependen de ellos.
Se trata de desafíos que identifican la necesidad inmediata de contar con estrategias viables de conservación y gestión que aseguren la salvaguarda de los ecosistemas costeros frente a los impactos del cambio climático.
Este trabajo de los científicos del ORNL muestra bien qué medidas proactivas se están tomando para comprender y mitigar los impactos del cambio climático en los paisajes costeros.
Además, durante sus investigaciones, además de manifestar el estado actual de estos ecosistemas, pone el foco en el futuro para estar mejor preparados y responder a los retos que están surgiendo al respecto.