Dos apelaciones frecuentes de nuestros políticos en sus bravatas constantes reflejan que en este país casi nada de lo que se habla se cumple. Por aquello de alardear y carecer. Democracia y Estado de derecho son los conceptos. No hay cuita parlamentaria, discurso que se precisa ni declaración de alcance que no incluyan estos dos términos que ayudan a dimensionar la supuesta importancia de lo que se dice. Retórica, por lo general, vacía y de parte.
Francina Armengol los citó en su discurso institucional del día 6 y la oposición aprovechó para acusarla de nueva de instrumentalización, porque la derecha ha declarado también a la presidenta del Congreso ‘persona non grata’. Como a todo a quien se mueve en dirección contraria a la suya. Ni siquiera el Día de la Constitución se permitió una tregua. Al contrario. Utilizaron la Carta Magna como arma arrojadiza de destrucción constante a la costa del CGPJ. Para ellos, porque es el equivalente a las tablas de la ley inmutablesupuestamente. Un texto necesario de actualización para otros. Y para los terceros, el compendio legal que ahoga las aspiraciones de una libertad tan pregonada como desconocida.
Conclusión: si un mismo código consigue todo esto 45 años después de su entrada en vigor, algo tendrá de bueno si las pautas marcadas son tan flexibles que permiten incluso declarar discursivamente inconstitucional una futura amnistía que la ley de leyes ni siquiera menciona. Luego, como no existe es ilegal, como si nada pudiera nacer fuera de su amparo explícito ni nada se pudiera mover sin su permiso implícito. Por eso, escuchar hoy a uno de sus dos redactores vivos supone recuperar un halo de aire fresco que resitua el texto en su contexto presente recuperando la sensatez de quien sabe de qué habla.
Miquel Roca Junyent (Burdeos, Francia, 20 de abril de 1940) regresó al Congreso para hablarles a los jóvenes siguiendo, de pasada, la atención del resto. Natural. En tiempos de tanta turbulencia intransigente, escuchar el relato de un pactista por naturaleza representa recordar que la falta descartada de esta voluntad es el motivo de la actual desolación colectiva. La suya, que dice sufrirla, y la de todo el resto que lamenta arrastrarla.
Roca Junyent, el convergente medular, ‘alter ego’ de Pujol, con quien se repartió las responsabilidades del partido hasta que dijo basta, recuerda que cuando se reunió con los ponentes constitucionales temía que manuel fraga le detuviera en cualquier momento. Le tenía sentado enfrente, había sido el ministro que alertó de que la calle era suya y decía tener el Estado en la cabeza. pero Se hicieron amigos y lloró su muerte.
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Los tiempos han cambiado y el ritmo acelerado que mueve al mundo desubica aquel tipo de emociones. Por eso, porque cada vez más las nuevas generaciones se incorporan a la toma de decisiones con su voto, no puede haber nostalgia de lo no vivido aunque mentes perversas intenten cantarles las excelencias de un pasado que no fue mejor. Tampoco peor. Fue distinto. Alejado de la inmediata que se busca ahora incluso con el sufragio, como explica Oriol Bartomeus en su libro ‘El peso del tiempo’ (Debate).
En medio de este fragor, resuena la voz de la experiencia. Y Miquel Roca alerta: es más importante la voluntad de cumplir con la Constitución que su contenido. Amén.