TODOS conocemos a esa persona, aquella que, ante lo que parece un problema abrumador, se encoge de hombros, encuentra una solución y sigue adelante sin siquiera fruncir el ceño.
Para alguien que tenga una relación incluso fugaz con la ansiedad, puede parecer sorprendente cómo otros viven la vida con tanto aplomo. ¿Por qué algunos están protegidos, mientras que otros son más propensos a experimentarlo? Como la mayoría de los aspectos de nuestro comportamiento, la genética influye, al igual que las presiones ambientales y las elecciones de estilo de vida. Afortunadamente, una mejor comprensión de cómo interactúan nos está ayudando a encontrar nuevas formas de minimizar el problema.
Comencemos con tus genes. Los estudios muestran que alrededor del 30 por ciento de la variación del trastorno de ansiedad generalizada en la población general es atribuible a la genética. Esto no se debe a un gen en particular, sino a una serie de factores genéticos que interactúan.
Para algunas personas, pueden ser genes asociados con la hormona serotonina, que transmite mensajes por el cerebro. Un estudio en titís encontró una relación causal entre el nivel percibido de ansiedad de los animales y genes responsables de las proteínas que absorben la serotonina en una región del cerebro llamada amígdala, que se ocupa de los recuerdos relacionados con el miedo. Cuando se impidió que las células de la amígdala absorbieran la serotonina, la ansiedad de los animales aparentemente disminuyó.
Esto sugiere que algunas personas podrían tener una predisposición genética a absorber demasiada serotonina en sus células en esta región. Como resultado, pasa menos serotonina entre las neuronas, lo que altera los mensajes que nos ayudan…