China culpa a Trump por la escalada de tensiones en la guerra comercial

Beijing vuelve a culpar a Washington por reavivar la guerra comercial, acusando a Estados Unidos de “coerción económica” y provocación deliberada tras la decisión del presidente Donald Trump de imponer nuevos aranceles a los productos chinos. Para los funcionarios de la capital de China, la medida parece un déjà vu: un regreso a un ciclo de confrontación que esperaban que hubiera terminado.

La semana pasada, el tono de China se ha endurecido marcadamente. Su Ministerio de Comercio acusó a Estados Unidos de “tácticas de intimidación” y advirtió que las dos economías más grandes del mundo corren el riesgo de caer en otro enfrentamiento prolongado. Las últimas medidas de Trump (aranceles del 100 por ciento sobre una amplia gama de importaciones chinas) marcan la medida comercial más agresiva de su presidencia hasta el momento y han atrapado a Beijing en un difícil acto de equilibrio: cómo proyectar desafío sin profundizar el daño.

“Esta no es la elección de China”, dijo un asesor político cercano al ministerio. “Hemos hecho todos los esfuerzos posibles para evitar la confrontación, pero Estados Unidos sigue actuando unilateralmente. Nos están forzando la mano”.

De la tregua a la turbulencia

Los nuevos aranceles se justificaron en Washington como respuesta al endurecimiento de los controles de exportación de materiales industriales clave por parte de Beijing, incluidos el galio, el germanio y las tierras raras, que son fundamentales para la electrónica, la energía limpia y la fabricación de defensa. El equipo comercial de Trump acusó a China de utilizar tales controles para “convertir en arma” las cadenas de suministro globales.

La respuesta de Beijing fue rápida y cáustica. Los funcionarios desestimaron la afirmación como “absurda” e insistieron en que las restricciones a las exportaciones eran medidas rutinarias de seguridad nacional, la misma justificación que los propios Estados Unidos han utilizado para sus restricciones a las exportaciones de semiconductores y las transferencias de tecnología.

En privado, las autoridades chinas son conscientes de que la óptica importa tanto como la economía. Al enmarcar su respuesta como proporcionada y basada en reglas, Beijing busca presentarse como el actor responsable en un entorno geopolítico cada vez más impredecible.

“No somos el agresor”, dijo otro funcionario comercial chino a una audiencia empresarial local en Shenzhen. “China no iniciará una guerra comercial, pero no tenemos miedo de defender nuestros intereses”.

La nueva narrativa

Los mensajes de Beijing han sido disciplinados y deliberados. La línea que emerge desde la capital combina actitud defensiva con desafío: China como víctima, Washington como saboteador.

Los funcionarios y los medios estatales se han apoyado en cuatro puntos recurrentes.
Primero, que las acciones de China son reactivas, no preventivas. En segundo lugar, Estados Unidos opera con un doble rasero: critica el proteccionismo chino mientras persigue su propia estrategia industrial. En tercer lugar, que las políticas de China sigan siendo coherentes con las normas internacionales y que continúe colaborando con la OMC y otras instituciones multilaterales. Finalmente, Beijing está buscando paciencia estratégica, evitando represalias inmediatas para indicar que todavía prefiere el diálogo a la confrontación.

En conjunto, estos puntos de conversación son parte de una estrategia diplomática más amplia: parecer tranquilo, creíble y sujeto a reglas mientras se echa la culpa a Washington por la renovada volatilidad en los mercados globales.

Hay mucho en juego en casa y en el extranjero

Para China, el cálculo político es complicado. La economía sigue bajo presión por la débil demanda de los consumidores y la lenta inversión inmobiliaria, lo que deja a las autoridades con un margen limitado para absorber nuevos shocks externos. El renminbi ha ido bajando y los exportadores están cada vez más ansiosos de que los aranceles renovados puedan reducir los márgenes justo cuando los pedidos en el extranjero comienzan a recuperarse.

Al mismo tiempo, el uso asertivo de los controles de exportación por parte de Beijing ha puesto de relieve tanto su fortaleza industrial como sus vulnerabilidades. China domina la producción mundial de muchos minerales críticos, pero cuanto más utilice esos recursos como palanca, mayor será el incentivo para que otros países diversifiquen las cadenas de suministro. Japón, Corea del Sur y la UE han aumentado la inversión en fuentes alternativas y tecnologías de reciclaje, erosionando gradualmente el monopolio de China.

“Es una ganancia a corto plazo para Beijing, pero un riesgo a largo plazo”, dice un alto asesor comercial europeo. “Cada vez que utilizan el comercio como herramienta política, las empresas toman nota y planifican en consecuencia”.

La dimensión política es igualmente delicada. La ofensiva arancelaria de Trump ha sido presentada al público interno como una muestra de fuerza, reforzando su plataforma “Estados Unidos primero”. En China, sin embargo, el liderazgo enfrenta el desafío opuesto: proyectar determinación manteniendo la estabilidad.

“Xi Jinping no puede darse el lujo de parecer débil”, dice un académico radicado en Beijing que asesora a agencias gubernamentales. “Pero también sabe que una escalada demasiado rápida podría empeorar las perspectivas económicas en un momento delicado. La estrategia ahora es absorber el golpe, estudiar la posición de Estados Unidos y elegir un momento para responder”.

Tablero de ajedrez diplomático

Detrás de la retórica pública, la diplomacia continúa, aunque con una confianza limitada. Ambas partes se habían estado preparando para una posible reunión entre Trump y Xi a finales de este año, destinada a estabilizar los vínculos y reiniciar el diálogo sobre comercio y seguridad. Esa cumbre ahora está en duda.

Los funcionarios familiarizados con la planificación dicen que las conversaciones preliminares han sido “congeladas”, aunque ninguna de las partes quiere cancelarlas formalmente. “La perspectiva de alejarse por completo sería desastrosa”, dice un diplomático chino. “Pero está claro que las expectativas han caído”.

La incertidumbre ha inquietado a los mercados. Los analistas advierten que cualquier señal de escalada de represalias (especialmente en sectores como los semiconductores, la energía limpia o el transporte marítimo) podría afectar rápidamente las cadenas de suministro globales. Por ahora, los inversores están valorando con cautela, y los precios de las materias primas y las acciones asiáticas reflejan una cautelosa paralización en lugar de pánico.

La visión a largo plazo

Lo que está en juego es más que comercio. La rivalidad entre Estados Unidos y China es cada vez más una competencia por el control de las tecnologías, materiales y mercados que definirán el liderazgo económico global en las próximas décadas. Los aranceles, las prohibiciones de exportación y las restricciones a la inversión se han convertido en herramientas de competencia estratégica: un lenguaje de poder tanto como de política.

Para Beijing, presentar a Estados Unidos como el provocador es parte de una campaña más amplia para ganarse la simpatía internacional y apuntalar alianzas en todo el mundo en desarrollo. Al posicionarse como defensor de las reglas globales en lugar de su infractor, China espera mantener su influencia incluso cuando las economías occidentales se alejan.

Sin embargo, cuanto más se prolonga el enfrentamiento, más difícil se vuelve. Muchas empresas globales están reduciendo silenciosamente su exposición a ambos mercados, optando por la redundancia de la cadena de suministro en lugar de la eficiencia. Los flujos comerciales entre China y Estados Unidos ya han disminuido desde su pico de 2018, y el desacoplamiento, alguna vez visto como un eslogan político, se está convirtiendo cada vez más en una realidad empresarial.

“La retórica puede cambiar, pero la dirección está fijada”, dice un economista radicado en Hong Kong. “Ambos países están aprendiendo a vivir el uno sin el otro, y ese es un mundo muy diferente del que conocíamos hace cinco años”.

Un delicado acto de equilibrio

Por ahora, Beijing mantiene su línea: condena los aranceles estadounidenses como imprudentes y mantiene abiertas sus propias opciones. El tono de los medios estatales ha sido firme pero mesurado, evitando la abierta hostilidad que caracterizó las fases anteriores de la guerra comercial. Los funcionarios insisten en que China responderá “apropiadamente” si Estados Unidos intensifica aún más la situación, pero no han especificado qué forma podría tomar.

El mensaje subyacente es claro: China quiere parecer tranquila y en control, incluso cuando se prepara para más turbulencias. El desafío será mantener ese equilibrio si Estados Unidos presiona con más fuerza, o si las presiones internas comienzan a hacer efecto.

En esta última ronda de una rivalidad duradera, ambas partes afirman defender la justicia, la soberanía y la estabilidad económica. Pero a medida que cada movimiento desencadena un contraataque, la línea entre defensa y provocación se vuelve más difícil de ver.

Por ahora, las dos economías más grandes del mundo siguen atrapadas en una danza cautelosa -un paso adelante, dos pasos atrás-, cada una de las cuales está decidida a no pestañear primero.