Los Estados árabes rechazan el papel propuesto por Blair en Gaza, citando preocupaciones sobre la soberanía y el legado.

A raíz de la devastación devastada por la guerra en la Franja de Gaza, la idea de poner al ex primer ministro británico Tony Blair a cargo de una autoridad de transición ha suscitado una intensa resistencia entre los estados árabes, exponiendo profundas divisiones sobre la gobernanza de posguerra y el futuro del autogobierno palestino.

¿Por qué Blair?

Respaldado por Washington, Blair ha sido presentado como jefe de un organismo de transición propuesto –la Autoridad Transicional Internacional de Gaza (GITA)– destinado a supervisar la reconstrucción y la gobernanza de Gaza hasta que la Autoridad Palestina (AP) esté “reformada y lista” para hacerse cargo.

Las décadas de participación de Blair en la diplomacia de Medio Oriente y su papel pasado como enviado del Cuarteto lo convirtieron en un candidato probable a los ojos de Estados Unidos y algunos actores regionales. Desde la perspectiva de Washington, una figura reconocida internacionalmente como Blair podría dar credibilidad a lo que se prevé como un esfuerzo multinacional de estabilización y reconstrucción.

La estructura propuesta colocaría a Blair al frente de una junta con amplios poderes sobre seguridad, financiación y gobernanza hasta que se considere que una autoridad local es capaz de asumir el control.

El retroceso árabe

A pesar del impulso encabezado por Estados Unidos, múltiples Estados de mayoría árabe y musulmana han expresado inquietud o abierta oposición al nombramiento de Blair y la arquitectura general que implica. Países como Arabia Saudita, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Qatar y Turquía están celebrando consultas a través de un mecanismo árabe-islámico y planteando importantes objeciones.

Las críticas son muy variadas. La asociación de Blair con la invasión de Irak de 2003 sigue siendo una potente fuente de desconfianza en todo el mundo árabe. Muchos argumentan que su liderazgo simbolizaría una interferencia extranjera más que una asociación.

El modelo GITA propuesto también se considera impulsado externamente, con una mínima propiedad o veto palestino sobre decisiones clave. Los Estados árabes temen que esto pueda socavar la legitimidad de la Autoridad Palestina y afianzar aún más la separación de Gaza de Cisjordania y Jerusalén Oriental, un precedente preocupante para la soberanía palestina.

Varios diplomáticos han advertido que el momento y la estructura corren el riesgo de parecer neocoloniales. “Si se establece esta fórmula… la gente apuntará a Blair y dirá: ‘es británico, está actuando como una potencia colonial'”, observó un funcionario árabe.

Otros ven el plan como una colocación de los intereses israelíes y estadounidenses por encima de las aspiraciones palestinas. La percepción de que Blair está más alineado con Washington e Israel que con los movimientos populares palestinos alimenta la sensación de rechazo.

Egipto ha sido particularmente expresivo, insistiendo en que cualquier acuerdo de posguerra debe preservar la plena soberanía palestina sobre Gaza, con unidad entre Gaza y Cisjordania. La propuesta del GITA, que implícitamente trata a Gaza como una entidad separada y sitúa la supervisión externa en el comienzo, se considera contraria a esa visión.

Implicaciones para la reconstrucción y la gobernanza

Lo que suceda a continuación es importante para algo más que el personal. Estados Unidos espera que los estados árabes contribuyan no sólo con fondos sino también con tropas a una fuerza internacional de estabilización en Gaza, lo que significa que la aceptación regional es crucial para la credibilidad y la implementación del plan. Sin ese compromiso, el mecanismo de transición corre el riesgo de ser visto como un proyecto Washington-Tel Aviv que carece de legitimidad árabe.

Si los Estados árabes se mantienen fríos u hostiles al liderazgo de Blair, todo el régimen de transición podría enfrentarse a una parálisis. La reconstrucción, la reforma de la seguridad, la creación de instituciones y la gobernanza dependen del apoyo local y de la asociación regional; Sin ellos, Gaza podría caer en un vacío de gobernanza en lugar de estabilidad.

Además, dejar de lado a la Autoridad Palestina o relegar su papel a un organismo internacional plantea interrogantes a largo plazo sobre el autogobierno palestino y cómo se definirá el futuro de Gaza (y el de las aspiraciones de un Estado).

Un momento de decisión

Para Blair, cuya reputación en Medio Oriente es profundamente cuestionada, esta asignación representa tanto una oportunidad como un riesgo. Sus partidarios argumentan que su red global y su experiencia en la consolidación de la paz, como en Irlanda del Norte, podrían ayudar a realizar el trabajo pesado que requiere la recuperación de Gaza. Los críticos responden que su historial en Irak y su percibida parcialidad hacia las posiciones occidentales e israelíes comprometen su neutralidad y socavan la confianza palestina.

Las próximas semanas pondrán a prueba si se puede lograr un consenso entre los actores regionales clave. Los Estados árabes han señalado que no aprobarán un plan de Washington sin enmiendas, particularmente en lo que respecta a la inclusión palestina, un cronograma claro para la transición y garantías de que se preservará la soberanía.

Si se cumplen estas condiciones, la autoridad de transición podría recalibrarse para dar cabida a una mayor propiedad árabe-palestina, o el papel de Blair podría reducirse o alterarse. Por el contrario, no lograr un entendimiento podría crear una crisis de legitimidad temprana, obstaculizando la reconstrucción y alimentando una mayor desilusión.

Palabra final

Puede que la guerra esté terminando, pero la batalla por la gobernanza apenas comienza. Para que la transición de Gaza tenga éxito, debe basarse no sólo en la ayuda financiera y la infraestructura, sino también en una apropiación y una legitimidad genuinas. La resistencia de los Estados árabes al papel central propuesto por Tony Blair subraya esa realidad: ningún esfuerzo de reconstrucción se mantendrá a menos que quienes viven y gobiernan allí sean participantes empoderados, no espectadores.

La forma en que se desarrolle esta negociación puede determinar si la fase de posguerra de Gaza se convierte en un laboratorio administrado o en la plataforma de lanzamiento para una genuina reanudación de la autodeterminación palestina.