Cada pocos meses, una nueva “cura milagrosa” para el cáncer es tendencia en las redes sociales. Desde superalimentos y suplementos hasta dietas extremas, las promesas siempre son audaces y casi siempre engañosas.
La última afirmación sugiere que un ayuno de agua de 21 días puede “matar de hambre” a las células cancerosas y hacer que el cuerpo se cure a sí mismo. Suena simple, incluso fortalecedor: deja de comer y tu cuerpo hará el resto.
Pero la biología rara vez es tan simple. El cáncer no es una enfermedad única y el metabolismo no cambia claramente entre “enfermo” y “sano”. Si bien el ayuno puede afectar la forma en que nuestras células usan la energía, no hay evidencia científica de que pueda erradicar los tumores.
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De hecho, el ayuno prolongado puede resultar peligroso, especialmente para personas que ya están debilitadas por el cáncer o sus tratamientos.
Si bien el ayuno puede influir en el metabolismo, la inmunidad y algunos aspectos del crecimiento celular, no existe evidencia creíble de que el ayuno prolongado de agua pueda tratar o curar el cáncer.
Se ha demostrado en estudios de laboratorio que el ayuno, en sus múltiples formas, desde el ayuno intermitente hasta la restricción calórica a corto plazo, influye en la forma en que las células se reparan y administran la energía.
La investigación de 2024 muestra que el ayuno suprime temporalmente la actividad de las células madre intestinales, seguida de una poderosa fase regenerativa una vez que se reintroducen los alimentos. Este rebote en el crecimiento de las células madre está impulsado por una vía conocida como mTOR, que promueve la síntesis de proteínas y la proliferación celular.
Si bien esta regeneración ayuda a que los tejidos se recuperen, también puede crear una ventana vulnerable en la que pueden ocurrir mutaciones dañinas más fácilmente, aumentando el riesgo de formación de tumores.
La mayoría de las investigaciones sobre los efectos del ayuno se han centrado en ayunos intermitentes o cortos que duran entre 12 y 72 horas, no en ayunos extremos de sólo agua que continúan durante semanas. Un ayuno de agua de 21 días, como se promueve en algunos círculos de bienestar, conlleva graves riesgos. El ayuno prolongado puede provocar deshidratación, desequilibrios electrolíticos, presión arterial peligrosamente baja y pérdida de masa muscular.
El cáncer en sí mismo a menudo conduce a la desnutrición, y el ayuno puede acelerar la emaciación (caquexia), debilitar el sistema inmunológico y aumentar la susceptibilidad a las infecciones.
Muchos pacientes con cáncer se someten a quimioterapias que requieren una nutrición adecuada para mantener la función de los órganos y metabolizar los medicamentos de forma segura. Combinar estos tratamientos con un ayuno prolongado puede amplificar la toxicidad, retrasar la recuperación y empeorar la fatiga.
Hay estudios clínicos en curso sobre ayunos cortos o dietas que imitan el ayuno antes de la quimioterapia, pero están supervisados por un médico, generalmente duran menos de 48 horas y se controlan cuidadosamente por seguridad.
El ayuno sigue intrigando a los científicos porque activa antiguos mecanismos de supervivencia. Durante la escasez de alimentos, el cuerpo desencadena procesos como la autofagia, donde las células reciclan los componentes dañados. Este proceso puede reducir la inflamación y mejorar la salud metabólica en estudios con animales.
Pero en el caso del cáncer, la historia es mucho más compleja. Las células cancerosas son ingeniosas. Pueden adaptarse al ayuno encontrando fuentes de combustible alternativas, a veces superando a las células sanas bajo estrés nutricional. Los períodos prolongados sin nutrición también pueden debilitar las células inmunitarias que normalmente detectan y atacan los tumores.
El estudio sobre el ayuno de 2024 demuestra esta dualidad. El ayuno puede restablecer el metabolismo, pero la realimentación activa rápidamente vías de crecimiento como mTOR. En las células sanas, esto ayuda a reparar los tejidos.
En células que ya tienen daños en el ADN o mutaciones tempranas, puede fomentar la progresión maligna. Esto hace que el ayuno sea un factor de estrés biológico complejo en lugar de una intervención terapéutica o inofensiva.
El mito de la ‘desintoxicación’
Gran parte del atractivo popular del ayuno proviene del mito de la “desintoxicación”: la creencia de que abstenerse de comer “limpia” el cuerpo. En realidad, órganos como el hígado, los riñones y el sistema linfático ya realizan esta tarea de forma continua.
El cáncer no es causado por “toxinas” acumuladas que puedan eliminarse. Se desarrolla a través de cambios genéticos que provocan un crecimiento celular descontrolado. Ninguna investigación ha demostrado que el ayuno pueda eliminar las células cancerosas o reducir los tumores en humanos.
Los estudios controlados han observado sólo cambios metabólicos a corto plazo que pueden influir en la inflamación o la señalización de la insulina. Estos efectos podrían ayudar a reducir los factores de riesgo a largo plazo de enfermedades crónicas, pero no revierten el cáncer una vez que se ha desarrollado.
La promesa y los límites de la investigación metabólica
Existe interés científico en cómo el metabolismo afecta el cáncer. Los investigadores están explorando si la restricción calórica específica o las dietas cetogénicas podrían hacer que las células tumorales sean más sensibles al tratamiento y al mismo tiempo proteger a las sanas.
Estos estudios aún se encuentran en etapas iniciales y se centran en la precisión, no en la privación. Ninguno implica privar al cuerpo de todos los nutrientes durante semanas.
Las afirmaciones sensacionalistas desdibujan la línea entre hipótesis y pruebas, dando a los pacientes vulnerables falsas esperanzas al seleccionar hechos, mencionando el papel del ayuno en la reparación celular y omitiendo el detalle crucial de que la mayoría de los hallazgos provienen de modelos animales, no de ensayos en humanos.
Para alguien que está recibiendo tratamiento contra el cáncer, intentar un ayuno extremo sin supervisión podría retrasar la atención esencial, empeorar los efectos secundarios o incluso poner en riesgo su vida.

El ayuno es un factor de estrés fisiológico. En dosis pequeñas y controladas, puede desencadenar procesos adaptativos que benefician la salud. En exceso, especialmente durante la enfermedad, puede causar daños.
Un ayuno de agua de 21 días no es un tratamiento contra el cáncer plausible ni seguro. La investigación sobre el ayuno nos ayuda a comprender cómo responden las células a la nutrición y al estrés, pero ese conocimiento subraya la complejidad del ayuno en lugar de respaldarlo como terapia.
Si bien la nutrición equilibrada, la hidratación, la actividad física regular y el sueño adecuado pueden favorecer la resiliencia durante la terapia contra el cáncer, ninguno reemplaza los tratamientos médicos diseñados para atacar la biología del tumor. La atención del cáncer requiere tratamientos dirigidos y basados en evidencia, como quimioterapia, radioterapia, cirugía e inmunoterapia.
La investigación sobre el ayuno nos está ayudando a comprender las conexiones profundas entre el metabolismo y la enfermedad, pero eso es muy diferente a curar el cáncer con un vaso de agua y fuerza de voluntad.
Es comprensible que la gente quiera control cuando se enfrenta a algo tan aterrador como el cáncer. La búsqueda de alternativas muchas veces surge del miedo, la frustración o el deseo de evitar tratamientos dolorosos. Pero la esperanza nunca debería basarse en la desinformación.
Justin Stebbing, profesor de ciencias biomédicas, Universidad Anglia Ruskin
Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
