Una seria crítica a la reacción del PSOE ante el veredicto Brugal

El intento del PSOE de presentarse como el árbitro moral de este colapso suena vacío, no simplemente por su propio bagaje histórico, sino porque diagnostica mal el problema.

La reacción del PSOE al veredicto de Brugal en Orihuela –exigiendo responsabilidad política a los rivales del Partido Socialista Obrero Español en el Partido Popular y pidiendo reparaciones por los “graves daños causados ​​a la ciudad”– no sólo es poco convincente, sino que es sintomática de una falla más profunda y corrosiva en la gobernanza local: la ilusión de que la responsabilidad recae únicamente en los funcionarios electos, mientras la maquinaria permanente del poder permanece intacta.

No hay duda sobre la gravedad del caso Brugal. La condena de la exalcaldesa Mónica Lorente marca uno de los episodios más dañinos de la historia reciente de Orihuela.

Expuso cómo las adquisiciones, la gestión de residuos y la influencia política se entrelazaron de maneras que vaciaron la confianza pública. El daño (reputacional, administrativo y moral) es real y duradero.

Pero el intento del PSOE de presentarse como el árbitro moral de este colapso suena vacío, no simplemente por su propio bagaje histórico, sino porque diagnostica mal el problema.

La cuestión central no es sólo la corrupción partidista. Es impunidad estructural.

Orihuela no está gobernada principalmente por políticos, ni siquiera por élites empresariales, sino por un ecosistema burocrático autopreservado que sobrevive a elecciones, escándalos y fallos judiciales.

Los altos funcionarios rotan sus carteras, los informes se entierran, los procedimientos se utilizan como armas y la responsabilidad se disuelve en “cumplimiento técnico”. Caen figuras políticas; el aparato administrativo no.

Sin embargo, la respuesta del PSOE se centra exclusivamente en etiquetas partidistas, como si eliminar a un conjunto de actores electos limpiara un sistema que ha demostrado haber aprendido a protegerse.

Este marco selectivo refleja un problema de credibilidad más amplio. El PSOE no puede invocar de manera plausible la rendición de cuentas como un absoluto moral y al mismo tiempo tratarla como un instrumento partidista.

Los votantes de Orihuela no padecen amnesia política. Recuerdan el escándalo de los ERE en Andalucía, Filesa, las investigaciones de financiación del PSPV y repetidos episodios en los que se predicaban a gritos normas éticas y se aplicaban de forma estricta.

Cuando un partido con esta historia exige reparaciones a sus oponentes sin reconocer sus propios fracasos, el mensaje no es justicia: es coreografía.

Esto no absuelve al PP. El caso Brugal sigue siendo una profunda violación de la confianza pública. Pero reducirlo a una obra de moralidad partidista no le hace ningún favor a la ciudad.

La corrupción a esta escala no prospera con la ideología; se nutre de la opacidad administrativa, la captura procesal y el silencio institucional. Ninguno de ellos se aborda de manera significativa en declaraciones de prensa que exigen una compensación.

El llamado a reparaciones es particularmente revelador. Si los partidos políticos quieren compensar a las ciudades por los daños causados ​​bajo su supervisión, entonces el principio debe ser universal.

Sin embargo, el PSOE nunca ha propuesto semejante rendición de cuentas por su propio historial en ningún otro lugar. El estándar aparece sólo cuando es electoralmente útil y desaparece cuando se requiere introspección.

Esta asimetría corroe la fe pública. Cuando el lenguaje anticorrupción se convierte en un arma táctica en lugar de un compromiso cívico compartido, los ciudadanos se desconectan. Dejan de creer que la rendición de cuentas llegará alguna vez más allá del político sacrificado y llegará a las oficinas, departamentos y funcionarios que permitieron la mala conducta.

Orihuela merece más que este ciclo de acusaciones y amnesia. Necesita una reforma administrativa, adquisiciones transparentes, supervisión independiente y un análisis de cómo opera realmente el poder dentro del ayuntamiento.

El PSOE podría haber utilizado el veredicto de Brugal para exigir precisamente eso: una respuesta multipartidista y de todo el sistema destinada a desmantelar las condiciones que permitieron que floreciera la corrupción.

En cambio, eligió el camino más seguro del reproche partidista.

Hasta que los actores políticos –incluido el PSOE– estén dispuestos a confrontar no sólo quién gobernó, sino también cómo la propia gobernanza ha sido distorsionada y protegida del escrutinio, sus condenas seguirán sonando huecas.

El caso Brugal es una mancha en la historia de Orihuela. Tratarlo como un tema de conversación partidista en lugar de un fracaso institucional corre el riesgo de garantizar que no sea el último.