El cáncer y la enfermedad de Alzheimer son dos de los diagnósticos más temidos en medicina, pero rara vez afectan a la misma persona.
Durante años, los epidemiólogos han notado que las personas con cáncer parecen menos propensas a desarrollar Alzheimer, y aquellos con Alzheimer tienen menos probabilidades de contraer cáncer, pero nadie podía explicar por qué.
Un nuevo estudio en ratones sugiere una posibilidad sorprendente: ciertos cánceres pueden enviar una señal protectora al cerebro que ayuda a eliminar los grupos de proteínas tóxicas relacionadas con la enfermedad de Alzheimer.
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El Alzheimer se caracteriza por depósitos pegajosos de una proteína llamada beta amiloide que se acumula entre las células nerviosas del cerebro. Estos cúmulos o placas interfieren con la comunicación entre las células nerviosas y desencadenan inflamación y daño que erosionan lentamente la memoria y el pensamiento.
En el nuevo estudio, los científicos implantaron tumores de pulmón, próstata y colon humanos debajo de la piel de ratones criados para desarrollar placas amiloides similares a las del Alzheimer. Si se los deja solos, estos animales desarrollan de manera confiable densos grupos de beta amiloide en sus cerebros a medida que envejecen, lo que refleja una característica clave de la enfermedad humana.
Pero cuando los ratones portaban tumores, sus cerebros dejaron de acumular las placas habituales. En algunos experimentos, la memoria de los animales también mejoró en comparación con ratones modelo Alzheimer sin tumores, lo que sugiere que el cambio no sólo era visible bajo el microscopio.
El equipo atribuyó este efecto a una proteína llamada cistatina-C que los tumores bombeaban al torrente sanguíneo. El nuevo estudio sugiere que, al menos en ratones, la cistatina C liberada por los tumores puede cruzar la barrera hematoencefálica, el borde normalmente estrecho que protege al cerebro de muchas sustancias en la circulación.
Una vez dentro del cerebro, la cistatina-C parece adherirse a pequeños grupos de beta amiloide y marcarlos para su destrucción por las células inmunitarias residentes en el cerebro, llamadas microglía. Estas células actúan como el equipo de limpieza del cerebro, patrullando constantemente en busca de desechos y proteínas mal plegadas.
En el Alzheimer, la microglía parece quedarse atrás, lo que permite que la beta amiloide se acumule y se endurezca formando placas. En los ratones portadores de tumores, la cistatina C activó un sensor en la microglía conocido como Trem2, convirtiéndolos efectivamente en un estado más agresivo de eliminación de placas.
Compensaciones sorprendentes
A primera vista, la idea de que un cáncer pueda “ayudar” a proteger el cerebro de la demencia suena casi perversa. Sin embargo, la biología a menudo funciona mediante compensaciones, donde un proceso que es perjudicial en un contexto puede ser beneficioso en otro.
En este caso, la secreción de cistatina C por parte del tumor puede ser un efecto secundario de su propia biología que tiene una consecuencia útil para la capacidad del cerebro para manejar proteínas mal plegadas. No significa que tener cáncer sea bueno, pero sí revela una vía que los científicos podrían aprovechar de forma más segura.
El estudio se inserta en un creciente conjunto de investigaciones que sugieren que la relación entre el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas es más que una peculiaridad estadística. Grandes estudios de población han informado que las personas con Alzheimer tienen significativamente menos probabilidades de ser diagnosticadas con cáncer, y viceversa, incluso después de tener en cuenta la edad y otros factores de salud.
Esto ha llevado a la idea de un balancín biológico, en el que los mecanismos que impulsan a las células hacia la supervivencia y el crecimiento, como en el cáncer, pueden alejarlas de las vías que conducen a la degeneración cerebral. La historia de la cistatina-C añade un mecanismo físico a esa imagen.
Sin embargo, la investigación se realiza en ratones, no en humanos, y esa distinción es importante. Los modelos de ratón del Alzheimer capturan algunas características de la enfermedad, particularmente las placas amiloides, pero no reproducen completamente la complejidad de la demencia humana.
Tampoco sabemos todavía si los cánceres humanos en pacientes reales producen suficiente cistatina-C, o la envían al cerebro de la misma manera, para tener efectos significativos sobre el riesgo de enfermedad de Alzheimer. Aún así, el descubrimiento abre posibilidades intrigantes para futuras estrategias de tratamiento.

Una idea es desarrollar medicamentos o terapias que imiten las acciones beneficiosas de la cistatina-C sin involucrar ningún tumor. Eso podría significar versiones modificadas de la proteína diseñadas para unirse a la beta amiloide de manera más efectiva, o moléculas que activen la misma vía en la microglía para aumentar su capacidad de limpieza.
La investigación también destaca cuán interconectadas pueden estar las enfermedades, incluso cuando afectan a órganos muy diferentes. Un tumor que crece en el pulmón o el colon puede parecer muy alejado de la lenta acumulación de depósitos de proteínas en el cerebro, pero las moléculas liberadas por ese tumor pueden viajar a través del torrente sanguíneo, cruzar barreras protectoras y cambiar el comportamiento de las células cerebrales.
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Para las personas que viven con cáncer o que cuidan a alguien con Alzheimer hoy en día, este trabajo no cambiará el tratamiento de inmediato. Pero el estudio ofrece un mensaje más esperanzador: al estudiar en profundidad incluso enfermedades tan graves como el cáncer, los científicos pueden tropezar con ideas inesperadas que apuntan hacia nuevas formas de mantener el cerebro sano en la vejez.
Quizás la lección más sorprendente es que las defensas y fallos del cuerpo rara vez son simples. Una proteína que contribuye a la enfermedad en un órgano puede utilizarse como herramienta de limpieza en otro, y al comprender estos trucos, los investigadores podrán utilizarlos de forma segura para ayudar a proteger el cerebro humano que envejece.
Justin Stebbing, profesor de ciencias biomédicas, Universidad Anglia Ruskin
Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
