TIRAR LODO EN VEZ DE LOGRAR RESULTADOS — LA POLÍTICA DE LA NADA DE ORIHUELA – El Líder

Otro pleno de fin de mes en Orihuela, otra demostración de cómo un municipio puede hablar sin parar sin conseguir absolutamente nada. La cámara se llena, las cámaras ruedan, las manos se levantan y los residentes se preparan para el espectáculo familiar: no gobernancia, no liderazgo, sino hostilidad ritualizada disfrazada de democracia.

Los escaños del gobierno votan según las instrucciones, los escaños de la oposición aúllan en el momento justo y en algún lugar debajo de los gritos se esconde una verdad simple que todos en la sala ya conocen: los resultados se decidieron mucho antes de que alguien abriera la boca. El debate es teatro. Los votos son coreografía. El público es la audiencia no remunerada.

Las cuestiones críticas (deterioro de la infraestructura, parques abandonados, servicios deficientes, los agravios de larga data de Orihuela Costa) se tratan menos como problemas que resolver y más como munición para disparar a través de la cámara. Cada intervención está diseñada no para mejorar el municipio sino para herir a los oponentes políticos. Cada discurso es menos una propuesta que una actuación para la sede del partido y clips de redes sociales.

El resultado es una grotesca inversión del servicio público. En lugar de gobernar, los concejales compiten para demostrar quién puede ser el más indignado, el más acusatorio, el más teatralmente indignado. El lodo vuela (retórico, personal, a veces apenas disfrazado) hasta que la cámara parece menos una sede del gobierno local y más una pelea en el patio de recreo dirigida por adultos que deberían saber más.

Mientras tanto, fuera de esas paredes revestidas de madera, la vida real continúa. Los caminos se desmoronan. Los espacios públicos se deterioran. Los servicios fallan. Los residentes esperan. Las empresas se adaptan. Las familias se las arreglan. La brecha entre el ruido político y la realidad vivida se amplía mes a mes, pleno a pleno.

Lo que hace que el espectáculo sea especialmente corrosivo es su previsibilidad. Todos los involucrados entienden el guión. El gobierno defenderá todo, la oposición condenará todo y ninguna de las partes cederá nada. La cooperación, el único ingrediente que podría producir resultados reales, se trata como una debilidad más que como una responsabilidad.

Esto no es simplemente ineficiencia; es una parálisis institucionalizada. Un sistema en el que el conflicto es recompensado y las soluciones son opcionales. Un municipio atrapado en modo de campaña permanente, donde las próximas elecciones importan más que la próxima mejora.

La verdadera víctima es la confianza pública. Cuando los ciudadanos ven que sus representantes se comportan como facciones arraigadas en lugar de solucionadores de problemas, se desconectan. La política se convierte en ruido de fondo: ruidoso, constante y cada vez más irrelevante. El cinismo echa raíces y, una vez que lo hace, reconstruir la confianza se vuelve infinitamente más difícil que reparar una carretera o reabrir un parque.

Orihuela merece algo mejor que gobernar a gritos. Merece líderes que comprendan que la política municipal no debe ser una guerra ideológica sino una administración práctica. El alumbrado público, la recogida de residuos, las decisiones de planificación, la seguridad, la infraestructura: no son debates abstractos, sino realidades cotidianas.

Sin embargo, pleno tras pleno transmite el mismo mensaje: desempeño sobre progreso, confrontación sobre competencia, barro en lugar de resultados.

Hasta que eso cambie, la cámara seguirá siendo exactamente lo que se ha convertido: no el motor de una municipalidad en funcionamiento, sino un escenario donde no sucede nada significativo excepto la ilusión de que algo sucedió.

Y el pueblo de Orihuela seguirá pagando por un gobierno que habla constantemente mientras el propio pueblo de Orihuela Costa espera acción, Orihuela Costa es un pueblo en todo menos en el nombre.