Los turistas que llegan al aeropuerto Miguel Hernández de Alicante-Elche se ven atrapados en un creciente caos fronterizo a medida que los nuevos sistemas de control biométrico provocan retrasos, confusión y una creciente ira entre los viajeros.
Lo que pretendía acelerar los controles y modernizar la seguridad está siendo culpado, en cambio, por las largas colas, los repetidos atracos y la presión adicional sobre los ya sobrecargados agentes de la policía nacional que custodian la frontera.
El problema se centra en el nuevo Sistema de Entrada/Salida (EES), introducido para pasajeros de países no pertenecientes a la UE. En Alicante, donde llega un gran número de viajeros desde el Reino Unido, el impacto ha sido especialmente severo.
En lugar de un rápido sello en el pasaporte, los pasajeros ahora enfrentan un proceso mucho más complicado. En su primer cruce, los viajeros extracomunitarios deben proporcionar sus huellas dactilares, una imagen facial y datos de documentos personales. El resultado es un procedimiento mucho más lento que está obstruyendo los puntos fronterizos y poniendo a prueba la paciencia de todos los involucrados.
Según el sindicato de policía Jupol, el sistema aún está lejos de funcionar correctamente. Los funcionarios dicen que la tecnología produce errores constantes y genera más trabajo, no menos.
Los pasajeros mayores se encuentran entre los más afectados. A muchos les cuesta registrar las huellas dactilares porque la piel de sus manos se ha desgastado con el tiempo, a veces tras años de trabajo manual o el uso repetido de productos de limpieza. Cuando las máquinas no logran leerlos, se envían a los agentes de policía para que los revisen manualmente.
Eso significa que los viajeros pueden terminar haciendo cola dos veces: primero para que una máquina no funcione y luego para que un oficial resuelva el mismo control de documentos que el antiguo sistema manejaba de manera mucho más sencilla.
Los oficiales dicen que la presión se está volviendo intensa. Lejos de reducir la carga de trabajo, los nuevos controles han añadido otra capa de estrés, con la policía obligada a lidiar con máquinas defectuosas, pasajeros frustrados y colas crecientes, todo mientras los niveles de personal siguen siendo ajustados.
Para los viajeros, esto convierte el inicio de unas vacaciones o el viaje de regreso en una pesadilla. Para la policía fronteriza, mantener el sistema en funcionamiento se está convirtiendo en una batalla diaria.
Los controles biométricos comenzaron a introducirse el pasado otoño y se espera que se generalicen en toda Europa. Pero en Alicante, el lanzamiento ya plantea serias dudas sobre si el sistema está listo para el mundo real, o si los pasajeros y la policía deben pagar el precio de una tecnología que aún no es adecuada para su propósito.