UN DESASTRE QUE ESPERA EN LOS PINOS DE ORIHUELA COSTA – El Líder

POR PETER HOUGHTON

En septiembre del año pasado, la Asociación de Vecinos de Costa Campoamor recibió una clara garantía.

El concejal de Medio Ambiente afirmó que se está tramitando un contrato para la limpieza del pinar y la gestión del riesgo de incendios. Se presentó como un paso responsable, una acción necesaria para proteger tanto el medio ambiente como a las personas que viven cerca.

Han pasado meses y no se ha hecho nada.

La evidencia no está oculta. Es visible para cualquiera que pasee por la zona o mire las imágenes que ahora circulan entre los vecinos. Los árboles caídos yacen donde se derrumbaron. Se han dejado secar ramas donde cayeron. La maleza ha sido cortada en algunos lugares y abandonada en montones, creando gruesas capas de material combustible en el suelo del bosque.

Esto no es mantenimiento. Esto es negligencia.

Y en un entorno mediterráneo, este tipo de negligencia tiene consecuencias.

La vegetación seca no sólo es antiestética: es combustible.

La madera muerta no es inofensiva: es una ignición a punto de ocurrir.

Cada día que pasa sin actuar aumenta el nivel de riesgo.

Esto no es una especulación. Es una prevención básica de incendios.

En toda España, y especialmente en regiones como Alicante, existen protocolos estrictos precisamente para prevenir estas situaciones. La gestión forestal, la limpieza de escombros y la reducción de las cargas de combustible no son extras opcionales: son medidas de seguridad fundamentales diseñadas para evitar que pequeños incidentes se conviertan en incendios forestales incontrolables.

Esos protocolos existen por una razón.

Porque cuando el fuego se apodera de un terreno no controlado, no negocia.

Se propaga.

Se acelera.

Y destruye.

Lo que hace aún más preocupante esta situación es que el riesgo ya ha sido identificado. Fue reconocido. Se abordó públicamente. Se prometió una solución.

Y, sin embargo, a pesar de esa conciencia, a pesar de ese compromiso, las condiciones sobre el terreno siguen sin cambios.

Eso no es una falta de conocimiento.

Es un fracaso de la acción.

Los residentes no piden explicaciones políticas complejas ni estrategias a largo plazo. Piden algo mucho más básico:

Si se identifica un riesgo, ¿por qué no se aborda?

Si un contrato estaba “en proceso” en septiembre, ¿dónde está ahora?

Si la seguridad es una prioridad, ¿por qué la situación sigue exactamente igual (o peor) meses después?

Porque el tiempo importa en situaciones como ésta.

La vegetación se seca.

Las temperaturas suben.

Las condiciones empeoran.

Y se cierra la ventana para una intervención segura.

Aquí es donde la demora administrativa se vuelve más que ineficiencia.

Se vuelve peligroso.

La seguridad pública no puede suspenderse mientras los procedimientos avanzan lentamente a través del sistema. El riesgo de incendio no espera a que se complete el papeleo. Se construye silenciosamente, día tras día, hasta que las condiciones son las adecuadas, y luego avanza más rápido de lo que cualquier respuesta puede contener.

Por eso la prevención es fundamental.

Y por eso la inacción es inaceptable.

Orihuela no puede pretender tomarse en serio la gestión medioambiental y la seguridad pública sin abordar riesgos claramente identificados. No puede dar garantías en septiembre y seguir enfrentando las mismas condiciones meses después sin explicación.

Porque en ese momento el problema ya no es el bosque.

Es gobernanza.

Se ha reconocido una responsabilidad.

Se ha hecho un compromiso.

Y la acción no ha seguido.

Ésa es la definición de fracaso.

Y en este caso, se trata de un fracaso que acarrea consecuencias que van mucho más allá del papeleo: consecuencias medidas en riesgo, en daño y potencialmente mucho peores.

Porque cuando se trata de fuego, hay una verdad que no se puede ignorar:

Sólo lleva un momento.

Y para entonces ya será demasiado tarde.