Una Catalunya “ambiciosa”, “sin complejos”, que no se ponga límites ni tenga “miedo” a la revolución tecnológica que está a la vuelta de la esquina, pero también con unos valores centrados en la “fuerza de la razón y no del uso de la fuerza” y el respeto al derecho internacional. El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, ha cerrado su frenética agenda en California con este alegato a favor de abrir las puertas de par en par a la innovación que se cuece en Silicon Valley, pero hacerlo con una estrategia prociencia, protecnología y unos valores antagonistas a lo que representa el neoliberalismo de Donald Trump. Lo ha hecho desde la planta de Los Ángeles de Grífols, alabada por el presidente como paradigma de empresa que se ha expandido en el mundo sin perder las raíces, y con acuerdos en el zurrón en materia climática y científica y expectativas en el ámbito de la tecnología y el sector audiovisual.
Illa ha puesto los pies tanto en la cuna de la tecnología, Silicon Valley, como en Hollywood, y ha sido recibido como un aliado por el gobierno californiano mientras, en paralelo, manejaba los últimos detalles para encarar la semana que viene el acuerdo definitivo para aprobar los presupuestos catalanes. Se trata, asegura, de sembrar, de promocionar el potencial de Catalunya en el mundo, para, a medio plazo, recoger los frutos de esa cosecha. Y eso vale tanto para su estrategia internacional como para la doméstica con la vista puesta en potenciar la economía y garantizarse la estabilidad en el ecuador del mandato.
Anticiparse a la “revolución”
Ha repetido hasta la saciedad que lo que pretende es que es “Catalunya lidere” y que lo haga sin complejos e incluso asumiendo riesgos para no perder oportunidades. “Donde haya oportunidades tiene que estar Catalunya”, ha defendido. Todo para que ejerza de máquina tractora de España siendo en estos momentos la principal autonomía gobernada por los socialistas, pero también un polo de atracción en una Europa que tiene por delante el reto de consolidar una autonomía estratégica para, precisamente, depender menos de potencias como Estados Unidos y China. A eso ha venido Illa, a sacar la cabeza en la costa oeste, meca de la tecnología, del cine y bastión anti-Trump para ver qué se cuece y cómo se puede anticipar Catalunya a lo que se avecina, pero con un sello propio en el marco europeo.
El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, durante la firma del acuerdo del Barcelona Supercomputing Center con Supermicro / ACN
Las reuniones con el lobi catalán de Silicon Valley han sido para el presidente una suerte de viaje hacia el futuro. Compañías como Google, OpenAI, Apple, Meta o Netflix marcan el paso en innovación tecnológica y él ha buscado hablar con quienes están cerca de los que manejan los grandes cambios a escala mundial. Regresa con el encargo de las grandes tecnológicas de que se pierde el miedo a asumir “riesgos” para captar más inversiones y talento en una ciudad, Barcelona, que cuenta con una marca reconocida y universidades capaces de crear cantera.
“No pierdas la cabeza”
Él recoge el guante entendiendo que la irrupción de la inteligencia artificial va a ser una “revolución” que, o se apuesta por coger las riendas o pasar por encima de todos. Si la primera máquina de vapor en el Estado llegó a la capital catalana, el presidente quiere ahora que Catalunya esté también a la vanguardia de lo que está por venir. Pero, eso sí, defiende que esos brazos abiertos a una innovación que está cambiando ya la vida de los americanos debe exportarse con regulación y con una estrategia europea propia. “No perdamos la cabeza”, ha dejado caer en referencia a la deriva con la que Trump está zarandeando el mundo.
Este diagnóstico explica la importancia de acuerdos como los del Barcelona Supercomputing Center (BSC) con Nvidia, Supermicro, dos de las empresas tecnológicas punteras de Silicon Valley, y la Universidad de Berkeley para trabajar, entre otros proyectos, en una inteligencia artificial europea con el propósito de ponerla “al servicio del bien común”. Porque al tiempo que ha tomado el pulso a las tecnologías que se abren paso y su potencial en el ámbito de la investigación y de la ciencia, también ha comprobado cómo esta revolución se traduce en pérdida de puestos de trabajo. En San Francisco o Los Ángeles son ya habituales los taxis sin conductor, los robots que reparten la compra a domicilio y la inteligencia artificial que suple a la humana en las empresas. Todo, además, en una sociedad que representa la cuarta potencia económica del planeta, pero donde las desigualdades son palpables en las calles.
“Prosperidad compartida” en la cuarta economía del mundo
De ahí que haya insistido en este viaje en su discurso sobre que la prosperidad debe ser “compartida”, algo que, asegura, está en sintonía con el gobierno demócrata de California con el que ha tratado de estrechar lazos a sabiendas de que es en estos momentos una de las voces más antagonistas de Trump en los Estados Unidos con mensajes contra sus políticas migratorias o su guerra arancelaria. También en la lucha contra el cambio climático. En este terreno, el presidente regresa con un convenio firmado entre el Institut Català de Recerca de l’Aigua (ICRA) y el California Institute for Water Resources de la Universidad de California para reforzar la cooperación en la lucha contra las sequías y los incendios. Y es que, pese a estar separados por el Atlántico, tienen una climatología similar y retos compartidos.
El presidente Illa, en su visita a Lionsgate / ACN
De pisar el lugar de los profetas tecnológicos en el que la ciencia ficción deja de imaginarse para hacerse realidad, Illa sale también satisfecho de sus reuniones con monstruos del sector audiovisual como Disney, Lionsgate o Higher Ground Productions o la visita al Getty Museum, aunque sin anticipar qué compromisos pueden llevar a Hollywood a Barcelona ya la factoría que pretende ser el futuro ‘hub’ de Catalunya Media City. El presidente de la Generalitat promete trabajar para que Cataluña se convierta en la próxima década en “el mejor territorio” de Europa en el que vivir. O como se diría en la industria cinematográfica, una Cataluña de pantalla grande en el que el género del drama y el terror capitaneado por Trump queden fuera de la cartelera.
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