El pensamiento emprendedor se está volviendo fundamental en la forma en que las personas innovan, resuelven problemas y lideran el cambio dentro de organizaciones de todo tipo. ULACIT en Costa Rica está colocando esa mentalidad en el corazón de la educación universitaria, capacitando a los estudiantes para crear empresas, fortalecer instituciones y adaptarse a un mundo que está siendo remodelado por la tecnología, escribe Allan Matarrita-Chinchilla.
El término emprendedor suele ser mal entendido.
La mayoría de la gente usa la palabra para describir a alguien que ha fundado un negocio o está intentando construir uno. Esa definición es perfectamente razonable, pero deja de lado mucho de lo que realmente significa el verdadero espíritu empresarial.
La Escuela de Negocios de Harvard atribuye a Howard H. Stevenson, profesor emérito y una de sus principales figuras en el estudio de la empresa, el mérito de haber definido el emprendimiento como “la búsqueda de oportunidades más allá de los recursos controlados”.
Lo defino como la capacidad de identificar oportunidades, asumir riesgos y crear valor a través de nuevas ideas.
La definición de Stevenson y la mía llegan a la misma conclusión: que el espíritu empresarial es una capacidad que va mucho más allá de la creación de empresas. Algunas personas tienen un instinto natural para ello, pero también se puede enseñar, practicar y fortalecer con el tiempo. En esencia, es una habilidad que está arraigada tanto en el carácter como en el conocimiento técnico. La gestión de proyectos, el análisis del flujo de efectivo y la planificación comercial tienen su lugar, pero la mente emprendedora depende de algo más profundo, que requiere la voluntad de asumir riesgos medidos, la imaginación para conectar ideas que alguna vez parecieron no relacionadas, el impulso para actuar sin esperar las condiciones perfectas y la resiliencia para seguir adelante cuando una idea encuentra resistencia.
Desde finales de los años 70 también existe el concepto de intraemprendedor, atribuido a los escritores estadounidenses Gifford y Elizabeth Pinchot. Describieron al emprendedor dentro de la organización como un agente de cambio, capaz de hacer algo que no se había hecho antes.
Hoy en día, la experiencia y la evidencia empírica nos permiten hacer una declaración audaz: cada innovación dentro de una organización, ya sea la mejora de un servicio, un proceso o un nuevo producto, proviene de una mente emprendedora. Proviene de un intraemprendedor con la capacidad de utilizar los recursos existentes (en este caso, los recursos de la organización) para aprovechar una oportunidad que a menudo no es evidente para otros internamente.
Es mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque la resistencia al cambio es una realidad cotidiana en las organizaciones.
La resistencia al cambio es parte de la naturaleza humana. La directiva principal de nuestro cerebro es mantenernos vivos y, para ello, la previsibilidad, el hábito y evitar sorpresas son poderosos aliados. El hábito resulta cómodo porque hace que el mundo sea predecible.
En su teoría del procesamiento predictivo, el filósofo y científico cognitivo Andy Clark sostiene que el cerebro humano funciona como un dispositivo que minimiza los errores de predicción. Por eso, cuando una innovación rompe nuestras expectativas, no simplemente cambia una rutina sino que obliga al cerebro a procesar la incertidumbre. En ese sentido, al cerebro humano no le gusta naturalmente la innovación.
Y por ser seres humanos, instintivamente trasladamos esa búsqueda de comodidad y rutina a las organizaciones de las que formamos parte. Aquí es donde la innovación, que por naturaleza cuestiona la forma en que se hacen las cosas actualmente, se convierte en una de las cosas más difíciles de lograr, por muy atractiva que pueda parecer como concepto o valor institucional, e independientemente de campañas internas, talleres o lemas corporativos.
Una conclusión incómoda a la que he llegado como fundador, consultor y profesor de una startup es que todo el mundo quiere verse a sí mismo como innovador… hasta que realmente tiene que innovar. Ay. Un golpe directo al ego corporativo.
La magnitud del desafío dentro de las organizaciones hace que los argumentos a favor de capacitar a más emprendedores en las aulas universitarias sean aún más sólidos. Esa capacitación puede apoyar la creación de empresas, fortalecer el espíritu empresarial y desarrollar la mentalidad necesaria para desafiar los hábitos, identificar oportunidades y pasar de la idea a la ejecución.
En el contexto moderno, las organizaciones deben explorar constantemente nuevas oportunidades simplemente para sobrevivir. Esto se aplica tanto a las instituciones públicas como a las grandes empresas. Los intraemprendedores en el gobierno son esenciales y yo iría más allá. Hay una enorme escasez de mentes emprendedoras en el sector público. Esto plantea preguntas difíciles. ¿Cuánto más podría avanzar un país si tuviera más empresarios dentro del Estado y en posiciones de poder? ¿Cuántos problemas podríamos resolver si cultiváramos esta capacidad en todo el sistema educativo, desde la escuela hasta la universidad?
Es especialmente admirable el caso de la Universidad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología, conocida como ULACIT, en Costa Rica. Desde 2012, la universidad en la que trabajo ha hecho de Creación de Empresas un curso obligatorio en todos sus programas académicos, integrando la educación empresarial en toda la institución. A finales de 2024, dio un paso más audaz al actualizar el curso y rebautizarlo como Innovación, Tecnología y Emprendimiento, con foco en la creación de startups. En otras palabras, ya no enseñamos a los estudiantes solo los conceptos básicos del emprendimiento, sino que ahora los capacitamos en las capacidades esenciales necesarias para comprender una de las formas más desafiantes del emprendimiento: diseñar una empresa con potencial para escalar globalmente.
En ULACIT creemos que los desafíos creados por los recientes avances tecnológicos, especialmente en inteligencia artificial, hacen del emprendimiento una habilidad necesaria para la supervivencia profesional. Es un diferenciador absoluto para las personas y una contribución importante a la sociedad y a cualquier organización.
Estos esfuerzos se complementarán con una incubadora de empresas universitarias y un centro de alta tecnología destinado a transformar la ciencia en negocios viables. Los resultados serán visibles con el tiempo, pero ya estamos predicando con el ejemplo. Estas acciones son posibles gracias a una visión clara y a intraemprendedores con capacidad para gestionar este gran proyecto de transformación con mentalidad de start-up.
El futuro parece prometedor.
llan Matarrita-Chinchilla es Director de Emprendimiento del Centro de Innovación y Tecnología de ULACIT en Costa Rica. Es emprendedor, consultor, fundador de startups y profesor universitario con experiencia en innovación, inversión, creación de empresas, tecnología deportiva, neurotecnología y educación empresarial.
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Producido con el apoyo de ULACIT. Para conocer más sobre sus programas de emprendimiento e iniciativas de innovación, visite www.ulacit.ac.cr/es
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