“Vivimos en la era de la brutalidad política”

El ensayista y analista político vasco Daniel Innerarity suele insistir en que la crispación que se respira en la política, los medios y las redes sociales no representa el sentimiento de la sociedad, mucho más compleja y plural que lo que sugiere los discursos extremistas. Sin embargo, este mensaje tranquilizador no le impide advertir del peligro que entraña la “deshumanización del adversario” a la que estamos asistiendo. Nos jugamos “la convivencia democrática”, avisa.

¿Con qué ánimo afronta la campaña electoral que se avecina?

Las campañas son un momento en el que se tensa la competición política, se acentúan las diferencias y se exageran las dimensiones negativas del adversario. El problema es que últimamente las campañas electorales han invadido todo el ciclo político y hoy se gobierna con mentalidad de campaña. Si la política tenía antes un momento competitivo y otro de colaboración, este último parece haber desaparecido en una versión de la política exageradamente competitiva que lo ocupa todo.

“La política del rechazo parece hoy más beneficiosa electoralmente que la política en positiva”

¿La crispación actual tiene que ver con otros momentos tensionados de nuestro pasado reciente o hay elementos que le otorgan un perfil propio?

Tengo algunas reservas contra el término polarización por su carácter asimétrico, porque unos polarizan más que otros. Mientras que una parte significativa de los votantes progresistas perciben al líder conservador como un adversario político con el que discrepa, entre los votantes conservadores predomina una visión del presidente del Gobierno como alguien moralmente inaceptable, incluso peligroso. Que el líder de la oposición haya hablado de encarcelar al presidente del Gobierno refuerza la idea de que el adversario no es alguien equivocado al que mandar a la oposición, sino que merece ser castigado con la cárcel. Esa lógica es profundamente corrosiva para la democracia. La pregunta es qué vínculo político estamos reforzando: uno basado en la afirmación de un proyecto común o uno sostenido por la negación del otro. Ambas dinámicas generan movilización, pero no producen el mismo tipo de democracia. De esa respuesta depende la calidad de nuestra convivencia democrática.

“Hay que tener el coraje del matiz para resistir a la agitación y responder al lenguaje provocativo con el registro más contrario: el heroísmo de la contención”

¿A quién beneficia la polarización?

La polarización es una estrategia tan tentadora cuanto menos se confía en sí mismo. Incidir en lo malos que son los otros pone de manifiesto que se confía poco en la bondad del propio proyecto. Polarizar es una manera de infravalorar la capacidad de la gente para identificar lo mejor y suponer que su juicio político se reduce a rechazar aquello que hemos descalificado como lo peor. Lo cierto es que la política del rechazo parece hoy más beneficiosa electoralmente que la política en positiva. El término ‘sanchismo’ ha sido un invento exitoso, porque a muchos les ha ahorrado el esfuerzo de plantear una propuesta alternativa en positiva.

¿Le preocupa este aumento de la tensión de la vida pública española?

La tensión política de la que estamos hablando, la que se está dando en la actualidad, no es solo un aumento del desacuerdo, es algo más profundo y más inquietante: es la transformación del adversario en alguien moralmente ilegítimo. Cuando la política deja de ser una disputa sobre multas, medios o prioridades y pasa a ser un juicio sobre la esencia del otro –sobre su decencia, su patriotismo, su legitimidad o incluso su humanidad–, la convivencia democrática entra en zona de riesgo.

“La tensión política actual no es solo un aumento del desacuerdo. Es algo más profundo y más inquietante: es la transformación del adversario en alguien moralmente ilegítimo”

En varias ocasiones ha defendido que la tensión política y mediática no refleja el sentimiento de la sociedad. ¿Sigues pensando así?

Es cierto que determinados antagonismos se han acrecentado, pero esto no significa que hayan dado lugar a bloques sociales estables y rígidos, sin ninguna porosidad y entre los que ya no es pensable ningún compromiso. Más que un combate entre dos bloques, lo que hay es una radicalización de pequeños grupos situados en los extremos que trabajan por hacer real la polarización. Sus formas no son representantes de la sociedad, pero consiguen una mayor atención pública por el ruido que hacen y la torpe ayuda que les prestan los medios de comunicación.

¿Entonces esta crispación no responde a un sentimiento popular?

En la sociedad hay muchas diferencias ideológicas, por supuesto, pero el modo como son manejadas lo deciden los actores políticos. Los conflictos sociales pueden ser inflamados o atemperados, enquistados o encauzados. La polarización política no es una consecuencia de una polarización social previa sino de quien la produce. Tendemos a considerar que el sistema político refleja lo que hay en la sociedad y olvidamos hasta qué punto lo crea.

“Más que un combate entre dos bloques, lo que hay es una radicalización de pequeños grupos situados en los extremos que trabajan por hacer real la polarización”

En su último ensayo, el filósofo Byung-Chul Han reflexiona sobre la pérdida del respeto en la sociedad. ¿Ese valor se ha devaluado en los tiempos actuales?

Estamos viviendo en la era de la brutalidad política: deshumanización del adversario, falta de empatía, gestos intimidatorios, concepción punitivista de la seguridad… Los ejemplos se multiplican y recuerdan a la manera de hacer la política que tiene Trump, que ha llegado a ridiculizar en público a una persona con discapacidad. Un mal resultado de Trump en las elecciones de mitad de mandato demostraría que buena parte de la sociedad no premia ese estilo.

¿Qué se puede hacer para colaborar a rebajar la tensión y recuperar en la sociedad el aprecio por la tolerancia, el respeto y la convivencia?

Rodeados de personas que creen tener razón absoluta, donde la invectiva sustituye al debate, cuando la política se confunde con un campo de batalla donde todos los golpes están permitidos, en medio de una discusión brutalizada, hay que tener el coraje del matiz para resistir a la agitación y responder al lenguaje provocativo con el registro más contrario: el heroísmo de la contención. El héroe de nuestra sociedad es quien se sabe autolimitar.

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