Han pasado seis años. El paseo de Gracia rebosaba de banderas y manifestantes independentistasmuchos más que en esta ultima diada. Aquella tarde habíamos instalado los micrófonos de la radio en el primer piso de una de las casas modernistas más hermosas del Eixample. y la panorámica desde las alturas era formidable. Compañeros -y algún jefe- que habían viajado desde Madrid, y que nunca habían vivido un Onze de Setembre, estaban boquiabiertos. Tuve que aclararles -también a los oyentes- que esas imágenes transmitían un mensaje civil y político muy potentepero que no representaban a todos los catalanes. Como mucho a la mitad. Ese era entonces el meollo de la cuestión y creo que lo sigue siendo seis años después: la confusión -interesada- de quien habla en nombre de un país sin tener el respaldo de muchos de sus habitantes. Pocas semanas más tarde, el 1-O enterró cualquier esperanza de reconducir las cosas. Por el empecinamiento de unos en darle pátina de legalidad a algo que no lo tenía, y por la cerril reacción de los otros, apaleando manifestantes, encarcelando a dirigentes políticos y encausando a un montón de gente por algo que jamás haber llegado a los tribunales.