Maribel Vilaplana rompe su silencio. Pasados diez meses de la dana del 29 de octubre, la periodista que comió con Carlos Mazón el día de la tragedia ha remitido una carta abierta en la que da su versión por primera vez en primera persona de lo acontecido aquella tarde y los días posteriores, en los que asegura que vivió una “auténtica pesadilla” que derivó en un ingreso hospitalario.
Uno de los datos relevantes que aporta Vilaplana tiene que ver con la cronología de aquellas horas críticas. La comunicadora retrasa ahora el momento de su salida de El Ventorro, que en un principio ubicó en torno a las 17.40 horas y ahora aplaza a “entre las 18.30 y las 18.45 horas”. “En su momento, en medio de la vorágine con que se desencadenaron los hechos, el desconcierto y la presión vivida, no dimensioné la importancia de ese desfase horario inicial que se hizo público”.
Y aclara que “con la distancia del tiempo y tras hablarlo con las personas más cercanas, he considerado necesario también este punto”.
Vilaplana, como ya hiciera en su primera versión trasladada por una tercera persona en noviembre, no aclara en su carta si abandonó el local el compañía de Mazón o en solitario. La Generalitat ha venido manteniendo que Mazón estuvo en su despacho desde las 18.00 horas y hasta que partió hacia el Cecopi, donde llegó a las 20.28 horas.
Vilaplana relata que “en un momento determinado de la comida”, sin concretar la hora, “el presidente empezó a recibir llamadas que interrumpieron nuestra conversación de manera continuada”. Asegura que no preguntó detalles e insiste en que Mazón no le trasladó “ninguna inquietud al respecto”.
Cuando abandona el restaurante, entre las 18.30 y las 18.45 horas, la periodista asegura que “no era consciente de la gravedad de lo que estaba sucediendo” en otros puntos de Valencia y que fue una vez llegó a su domicilio empezó “a tomar verdadera dimensión de lo ocurrido”
Igualmente, asegura haberse “convertido en una diana”, víctima del “morbo” y del “machismo rancio”. Además de defender que su presencia en el restaurante fue una “maldita coincidencia”, se desliga de cualquier responsabilidad y señala que “el foco debe estar donde corresponde: en las personas que aquel día tenían responsabilidades y poder de decisión. Son ellas las que deben dar explicaciones”.
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