UN día de nieve del año pasado, salí de Viena, Austria, y me dirigí a uno de los cementerios de la ciudad para visitar el lugar de descanso final de un gigante de la física del siglo XIX. La lápida de Ludwig Boltzmann presenta un imponente busto del hombre, con el ceño fruncido y una expresión severa. Y encima de él, en letras doradas, está su fórmula para la entropía. Debe ser una de las pocas lápidas del mundo adornadas con una ecuación.
Había venido en busca de un momento de contemplación porque creo que las ideas centenarias de Boltzmann podrían ayudar a resolver uno de los problemas más complicados de la física en este momento: cómo partículas cuánticasque existen en una nube borrosa de estados posibles, dan lugar al mundo sólido y bien definido de nieve, hojas, lápidas y todo lo que nos rodea.
Ha habido muchos intentos de explicar esto a lo largo de los años, incluida la extravagante idea de que las otras posibilidades cuánticas se desarrollan en muchos otros universos paralelos o que simplemente desaparecen. Pero mis colegas y yo sospechamos que la respuesta podría estar en Boltzmann.
La teoría en la que trabajó, llamada termodinámica, se centra en la entropía, una medida de cuán desordenadas están las cosas. Explica cómo las cosas se enfrían, se encienden y, algo crucial para nuestros propósitos, se mezclan. Cubre acontecimientos cotidianos, como la leche mezclada con el café. Pero si estamos en lo cierto, sus poderes también se extienden al ámbito cuántico. Creemos que esas posibilidades cuánticas nunca se pierden en absoluto: en cambio, simplemente están tan mezcladas con las grietas de la realidad que no podemos verlas. Es esto…