Pendientes de los militantes de ERC

Desde hace algunos años existe en España – al igual que en la mayoría de democracias avanzadas – un descontento generalizado hacia los partidos políticos. Así lo revelan los barómetros del CIS que de manera continuada constatan que los partidos y el comportamiento de los políticos son percibidos por parte de numerosos ciudadanos como el principal problema de España. Para tratar de revertir esa imagen negativa los partidos han emprendido diversas acciones de entre las cuales destaca la introducción de mecanismos más inclusivos en la toma de decisiones con el objetivo de aparecer a ojos de miembros, simpatizantes y electores en general como organizaciones más democráticas y participativas. Por ello, en muchos partidos que no tenían esa tradición y que es más propia de otros contextos institucionales distintos al nuestro, han proliferado elecciones primarias para elegir a líderes y candidatos al tiempo que se han extendido las consultas internas, especialmente en relación con la política de alianzas, es decir a los acuerdos preelectorales y postelectorales, en los que la última palabra de la decisión se traslada a los miembros. Pero se da la circunstancia, además, de que en muchas ocasiones estos mecanismos sirven a los dirigentes para evitar tomar decisiones difíciles, en particular cuando hay diversas opciones disponibles y la militancia y el electorado están divididos, lo que les permite socializar así los eventuales costes de la decisión y argumentar que esa decisión ya no es solo cosa de las élites. Y esto es precisamente lo que va a suceder en ERC cuando a finales de mes traslade a las bases la decisión respecto al acuerdo con el PSC que ha de permitir la investidura de Salvador Illa y evitar una repetición electoral.