Perros momificados revelan que los pueblos preincas honraron a este pastor hace 1.000 años

El perro pastor Chiribaya, que alguna vez fue el mejor amigo del pueblo Chiribaya en la época preinca, ahora ocupará para siempre un lugar de honor en la historia peruana. Esta raza nativa, que acompañó a esta antigua civilización durante su vida y su muerte entre el 900 d.C. y el 1350 d.C., acaba de ser reconocida oficialmente como parte del patrimonio cultural nacional del Perú.

Con este gesto, el Estado busca honrar el legado de la cultura Chiribaya y proteger una raza canina nativa que, contra todo pronóstico, aún deambula por las comunidades andinas y selváticas.

“El perro existe y debemos proteger su presencia. Es nuestro patrimonio y nuestra historia”, dice la arqueóloga Sonia Guillén, quien en 2006 descubrió 43 perros Chiribaya momificados enterrados junto a sus dueños en la región desértica de Ilo, Moquegua. Guillén, que hoy comparte casa con un pastor chiribaya “de temperamento alegre y buen carácter”, ha sido una de las principales defensoras del reconocimiento de la raza.

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Reconocimiento al Pastor Chiribaya

Uno de los pastores de Chiribaya momificados.

(Imagen cortesía de Ángela Gutiérrez, Directora del Museo El Algarrobal)

Durante décadas, el pastor de Chiribaya fue injustamente desestimado como “chusco”, un término despectivo para los perros de razas mixtas. Sin embargo, los hallazgos en Ilo cuentan otra historia: estos animales no fueron sacrificados como ofrendas, sino enterrados con amor entre su gente. A algunos los colocaron sobre lechos de peces, a otros les colocaron maíz o tubérculos en la boca y a algunos los envolvieron en mantas.

El cinólogo Jaime Rodríguez, presidente del Kennel Club Peruano, explica: “Era para mantenerlos abrigados en su viaje hacia una nueva vida”. Para él, estos entierros hablan de cariño y respeto.

Los estudiosos de la raza coinciden en que era un perro de trabajo, dedicado a pastorear llamas y alpacas, animales esenciales para la supervivencia del pueblo Chiribaya.

“Es el héroe olvidado del desarrollo ganadero andino”, dice Guillén.

Para Ángela Gutiérrez, directora del Museo El Algarrobal —donde se conservan dos de estas momias— el papel del perro fue aún más allá: “Era un fiel compañero del pueblo Chiribaya”.

El Pastor Chiribaya como imagen viva

Los cuerpos en el sitio de Ilo, incluidos los de perros, humanos y loros, están perfectamente conservados debido al ambiente seco. Aquí, la materia orgánica se deshidrata antes de poder descomponerse.

“Las sales de la reserva del desierto de Atacama se conservan extraordinariamente bien, las conservan como en Egipto. Por eso pudimos identificar al perro”, explica Guillén. Con solo mirarlo, se dieron cuenta de que se trataba de una raza distinta a las conocidas anteriormente. “Estaba lejos de lo que entendíamos como Perro Sin Pelo Peruano”, dice Guillén, en referencia a la única raza reconocida oficialmente como originaria del país, popular durante la época inca.

Pero el sorprendente descubrimiento no termina ahí. Guillén lo confirmó inmediatamente al reconocer, en algunos perros que vio en las calles, la “imagen viva” de aquellas momias. Comprobó así que sus descendientes aún existen, manteniendo continuidad genética y comportamientos similares.

La paradoja del desierto de Atacama

La identificación de los perros incluyó examinar restos esqueléticos, compararlos con especímenes modernos y definir los parámetros de la raza. Algunos estudios genéticos continúan hasta el día de hoy, dirigidos por Greger Larson, destacado zoólogo y genetista evolutivo de la Universidad de Oxford. Hasta ahora, los intentos de analizar su ADN se han enfrentado a la paradoja del desierto de Atacama: el clima seco que momifica el pelaje y los tejidos también destruye el material genético.

“Sólo hemos podido trabajar con ADN mitocondrial de baja cobertura, lo que limita mucho lo que podemos interpretar”, explicó Alice Dobinson, una de las investigadoras del proyecto.

Aun así, los resultados muestran que los perros Chiribaya están estrechamente relacionados con otros perros precolombinos de América del Sur, sin evidencia de cruce con perros europeos posteriores a la conquista. Los científicos esperan algún día secuenciar los perros Chiribaya modernos para determinar si conservan vínculos genéticos directos con esos antiguos guardianes del desierto.

Guillén, sin embargo, insiste en que la Chiribaya “está en todas partes”. Se ha visto en Cusco, Puno, Lima y el norte de Chile, así como en lugares más distantes como Ecuador y Salta, Argentina, regiones que alguna vez estuvieron habitadas por llamas. Y su alcance parece extenderse aún más: el propio perro de Guillén fue adoptado en la selva peruana.

En Ilo todavía acompañan a los agricultores locales con el mismo instinto protector que tenían hace mil años. “Son activos, juguetones… son traviesos”, dice Gutiérrez. “Este perro aún no ha perdido su esencia: ese carácter cariñoso, siempre velando por su dueño o sus animales. Ya no hay llamas, pero ahora cuidan a las gallinas. El instinto permanece”.

El pastor chiribaya hoy

Pastor Chiribaya moderno

Pastor Chiribaya moderno

(Imagen cortesía de Ángela Gutiérrez, Directora del Museo El Algarrobal)

“Para mí fue como un niño entrando a Walt Disney World”, recuerda Rodríguez sobre el día que vio las primeras momias de los hoy conocidos como perros pastores Chiribaya.

Como especialista en cinología, confirmó que las momias mostraban una relación fenotípica y morfológica muy distinta, lo que sugiere que probablemente pertenecían a una raza prehispánica con características únicas y consistentes en múltiples individuos.

Lo sorprendente vino después: esas mismas características siguen vivas en los perros modernos, incluidos los cuatro pastores Chiribaya que Rodríguez tiene en casa.

“Este perro ha vagado libremente durante siglos, mestizándose de forma natural, pero su fenotipo se ha conservado sorprendentemente bien”, explica.

Rodríguez describe su anatomía como quien lee un libro de historia vivo: patas de liebre que lo impulsan sobre terrenos difíciles; corvejones altos y cola emplumada que equilibran cada salto; un cuerpo más largo que alto, lo que lo convierte en un trotón eficiente. Su pelaje abundante, orejas semicaídas, hocico fuerte y cabeza con forma lupoide transmiten fuerza, resistencia y elegancia. Los colores del pelaje, que van del marfil al rojo y del marrón al negro, se combinan armoniosamente con sus ojos, reflejando siglos de adaptación y supervivencia.

Ahora que la raza ha sido declarada patrimonio cultural del país, la Asociación Canina del Perú ha lanzado un programa de “recuperación, crianza y selección”. Este programa identifica perros que conservan los rasgos fenotípicos del antiguo pastor Chiribaya para asegurar la continuidad de su linaje, y esteriliza a aquellos que no los conservan.

“El objetivo es fijar las características que vimos en las momias”, señala Rodríguez.

Paralelamente, se desarrolla un centro de cría experimental en Ilo, en el mismo valle donde se encontraron las momias del perro pastor Chiribaya. Allí, la investigación arqueológica se combina con la cría controlada de ejemplares modernos para preservar este antiguo legado genético.

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