La asociación se dedica a fomentar el entendimiento mutuo y la amistad entre Japón y China. Su misión incluye apoyar el bienestar social de los “huérfanos de guerra” japoneses que quedaron en China: personas que soportaron dificultades significativas durante la agitación de la posguerra y que todavía enfrentan diversos desafíos en la actualidad. La organización también busca preservar y transmitir la memoria de estas experiencias a las generaciones más jóvenes y profundizar los intercambios bilaterales.
Tras la rendición de Japón en 1945, más de 4.000 niños japoneses quedaron atrás en China y fueron criados por familias chinas. Ahora de edad avanzada, el grupo ha decidido emprender lo que llaman su “gira de gratitud” final, que coincide con el 80º aniversario de la victoria de la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa y la Guerra Mundial Antifascista. Desde 2009, estos huérfanos han viajado a China cada pocos años para reconocer la bondad de sus padres adoptivos chinos y otros benefactores que los apoyaron.
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Sumie Ikeda, de 81 años, directora de la asociación de amistad de repatriados de China, es una de los huérfanos japoneses que quedan en China. En una entrevista exclusiva con CNS, habló en el fluido dialecto chino nororiental de su infancia, recordando su educación en Heilongjiang. “¿Cómo podría ser japonés?” reflexionó, su identidad inicial oscurecida por las secuelas de la guerra. Separada de su familia biológica cuando era niña, se crió en Mudanjiang, provincia de Heilongjiang. “Mi madre adoptiva era verdaderamente una mujer china excepcional”, dijo Ikeda, señalando que los recuerdos de la fortaleza de su madre adoptiva continúan sosteniéndola.
Un momento crucial ocurrió cuando tenía ocho años y las autoridades chinas locales identificaron su herencia japonesa. Las palabras de su madre adoptiva, que insistía: “Este niño es mío”, dejaron una marca indeleble en Ikeda. Como adulta, su búsqueda de raíces biológicas en el Japón de los años 80 terminó en dificultades y traición, dejándola indigente y con tendencias suicidas hasta que la rescatara el consulado chino.
“Mi primera vida la dieron mis padres biológicos; la segunda, mis padres adoptivos”, relató. “En los momentos más difíciles, siempre fue el pueblo chino el que se acercó a nosotros”.
La historia de Ikeda refleja una experiencia histórica más amplia. Los registros oficiales japoneses reconocen a 2.818 de esos “huérfanos de guerra”. Sus vidas, subraya Ikeda, son una denuncia viviente de las catástrofes causadas por la guerra.
Sin embargo, a pesar de sus dificultades, su sentimiento perdurable es de profunda gratitud hacia China. “Aunque somos japoneses de nacimiento, no habríamos sobrevivido sin los chinos”, dijo Ikeda.
Su narrativa colectiva transmite un doble mensaje de profunda gratitud y solemne advertencia. Rinde homenaje a la extraordinaria compasión del pueblo chino común y corriente: un amor que prefirió la crianza a la venganza. “Nunca debemos permitir que vuelva a ocurrir una guerra. Situaciones como la nuestra nunca deben repetirse”, instó Ikeda.
“Somos un grupo con la doble identidad de perpetradores y víctimas”, reflexionó, una declaración que encarna el complejo legado de la historia, la humanidad y un llamado a una paz duradera.
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