Un nuevo estudio en ratones sugiere que los psicodélicos hacen que el cerebro sea más propenso a “ver” imágenes de la memoria en lugar de lo que realmente hay delante de él.
Mucho antes de las pruebas de laboratorio modernas, las culturas indígenas utilizaban estas sustancias para tratar dolencias físicas y psicológicas. Los aztecas usaban hongos psilocibios como medicina, mientras que los cultos andinos consumían cactus San Pedro ricos en mescalina hace miles de años.
Los arqueólogos han encontrado un paquete ritual de miles de años de antigüedad en una cueva de Bolivia que contiene rastros de DMT (un potente alucinógeno que se encuentra en las plantas). También encontraron botones de peyote de Texas de 5.000 años de antigüedad.
El viaje moderno comenzó cuando el químico suizo Albert Hofmann sintetizó el LSD en 1938.
En las décadas de 1970 y 1980, los investigadores descubrieron que estos medicamentos se unen a un receptor cerebral específico (llamado 5-HT2A) que puede desencadenar alucinaciones. Este receptor forma parte del sistema de la serotonina, que afecta el estado de ánimo y puede influir en la ansiedad y la depresión.
En la actualidad, los científicos debaten si el viaje psicodélico en sí (la experiencia mística) es necesario para tratar afecciones como la depresión y la ansiedad.
Algunos científicos creen que el beneficio real de los psicodélicos proviene de su capacidad para ayudar a las células cerebrales a reconectarse y comunicarse de nuevas maneras, un proceso llamado “neuroplasticidad”. Es posible que las alucinaciones sean sólo un efecto secundario de su efecto terapéutico.
Por tanto, es fundamental comprender exactamente cómo estas sustancias alteran la percepción de las personas. Las tendencias en la farmacología moderna se están desplazando hacia diseños de fármacos que apuntan a desencadenar el “viaje” terapéutico de los alucinógenos sin los efectos secundarios.
En el nuevo estudio, los científicos utilizaron ratones diseñados para que ciertas células cerebrales brillaran cuando estuvieran activas. Cuanto más brillante era el brillo, más activas eran las células.
Las tecnologías desarrolladas por uno de los investigadores principales del estudio, Thomas Knöpfel, permitieron a los investigadores registrar tanto aumentos como disminuciones del voltaje en la superficie del cerebro. Estos cambios de voltaje dependen de qué celdas se activan para tareas específicas.
Durante el experimento, a los ratones se les mostraron estímulos visuales, como patrones de barras en blanco y negro en movimiento, así como simples pantallas en blanco. Esto permitió a los investigadores medir la actividad cerebral tanto durante la visualización de estímulos como durante los estados de reposo.
A mitad del experimento, los investigadores inyectaron a los ratones una potente sustancia química que activa el mismo receptor de serotonina 5-HT2A que el LSD y la psilocibina, pero de forma más selectiva y controlada.
Los investigadores compararon los patrones de voltaje del cerebro antes y después de que la droga hiciera efecto, lo que les ayudó a identificar los circuitos neuronales afectados por el psicodélico.
Se centraron en la corteza visual primaria del cerebro y en oscilaciones rítmicas lentas (conocidas como ritmo theta) relacionadas con la atención, la consolidación de la memoria y la familiaridad con los estímulos. Las grabaciones de alta resolución revelaron un cambio fascinante en la comunicación cerebral.
Antes de la droga, la corteza visual producía oscilaciones cerebrales de 5 Hz. Después de administrar el psicodélico, las oscilaciones del ritmo theta se intensificaron significativamente, aumentando tanto en potencia como en duración.
Más importante aún, estas ondas de baja frecuencia en las áreas de procesamiento visual del cerebro se sincronizaron con la corteza retroesplenial, que ha sido implicada en la codificación, almacenamiento y recuperación de recuerdos. Esta sincronización tuvo un retraso de aproximadamente 18 milisegundos, consistente con una onda viajera de actividad que conecta las dos regiones.
El psicodélico actuó como un interruptor: amortiguó la respuesta del cerebro a lo que los ojos estaban viendo, al tiempo que impulsó las conexiones con las áreas de la memoria, permitiendo que el cerebro “completara” las imágenes faltantes de su propia memoria.
En lugar de depender de lo que realmente estaba delante de los ojos, el cerebro comenzó a insertar fragmentos de sus propios bancos de memoria internos. Este hallazgo proporciona una explicación de cómo pueden funcionar las alucinaciones visuales.
El investigador principal, Dirk Jancke, describió este estado como notablemente similar al sueño parcial. Bajo la influencia de la droga, las imágenes internas del cerebro anulan la realidad externa, creando un mundo vívido y autogenerado.
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A pesar de estas ideas, el estudio tiene limitaciones. Como reconocen los autores, algunos de los hallazgos podrían reflejar que los ratones se distraen de las imágenes repetitivas. Los ratones y los humanos comparten varias características fundamentales de la organización cerebral, pero no está claro si los fenómenos pueden relacionarse con las experiencias alucinógenas humanas.
Sin embargo, en última instancia, el estudio podría marcar un paso crucial hacia el desarrollo de fármacos no alucinógenos que aumenten la neuroplasticidad del paciente y, con suerte, disminuyan sus síntomas de salud mental.
Andrea Benucci, profesora de biología y psicología experimental, Universidad Queen Mary de Londres
Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
