Es tentador entender el papel del músculo en el cuerpo como un simple motor mecánico. Pero la verdad es mucho más compleja: nuestros músculos funcionan como un órgano endocrino que puede influir prácticamente en todos los sistemas de nuestro cuerpo.
Cuando un músculo se contrae, se liberan cientos de moléculas conocidas como miocinas, sustancias esenciales para que el cuerpo funcione correctamente.
Su descubrimiento transformó la fisiología moderna, dando lugar a la idea de que “el ejercicio es medicina”.
Pero este concepto se queda corto.
En realidad podemos ir mucho más allá, y decir que el ejercicio es tan necesario para nuestra salud como respirar o comer, mientras que el sedentarismo y la falta de movimiento pueden catalogarse como fuente de enfermedad.
Las mioquinas son hormonas que se comunican a través del torrente sanguíneo con diversos órganos, como el cerebro, el tejido adiposo, el hígado, los huesos y el sistema inmunológico. Según una revisión de 2024, son la razón por la que el ejercicio es beneficioso para el sistema inmunológico.
La miocina más estudiada hasta la fecha es la interleucina-6 (IL)-6. Si bien se libera en reposo, se libera en niveles hasta 100 veces mayores durante el ejercicio de alta intensidad o de resistencia aeróbica.
También son importantes la irisina, que es clave para mantener el equilibrio de la grasa corporal, y el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), que participa en la neuroplasticidad y la función cognitiva.
El ejercicio también estimula a otros órganos a liberar exerquinas, que son igualmente importantes. Una revisión de 2022 reveló el papel que desempeñan estas moléculas en la salud cardiovascular, metabólica, inmune y neurológica.
Si estamos inactivos (es decir, pocas exercinas circulan por nuestro cuerpo), aumenta el riesgo de enfermedad y mortalidad por todas las causas.
Las mioquinas actúan de diferentes maneras en diferentes partes del cuerpo:
Sistema inmunitario
Publicaciones recientes identifican al menos nueve miocinas que influyen en el correcto funcionamiento del sistema inmunológico.
Estos incluyen irisina, decorina y las interleucinas IL-6, IL-7 e IL-15. Su liberación durante el ejercicio favorece la proliferación y diferenciación de nuestras células inmunitarias, mejorando la vigilancia inmunológica.
También reducen la inflamación sistémica crónica, un factor clave en la prevención de muchas enfermedades metabólicas y cardiovasculares. La IL-6, por ejemplo, actúa como una señal antiinflamatoria que puede regular la actividad de los linfocitos, macrófagos y células NK.
Sistema nervioso y neurocognitivo.
El músculo ejerce una influencia directa sobre el cerebro a través del denominado “eje músculo-cerebro”.
La evidencia muestra que moléculas como BDNF, irisina y catepsina B pueden estimular la formación de nuevas neuronas. También están relacionados con una mejora del aprendizaje y la memoria, y se asocian con la protección contra el deterioro cognitivo asociado con las enfermedades neurodegenerativas.
La irisina, por ejemplo, se ha relacionado con niveles elevados de BDNF en el hipocampo, una región crucial para la memoria. Y la catepsina B contribuye a la regeneración neuronal y a la mejora de la cognición.
Este conjunto de señales químicas explica por qué las personas físicamente activas tienen un menor riesgo de deterioro cognitivo y una mejor salud emocional.
El cerebro “escucha” lo que dicen los músculos cuando se contraen y responde adaptándose y fortaleciéndose.

Metabolismo de glucosa y grasas.
Durante el ejercicio, la IL-6 juega un papel clave en la movilización de ácidos grasos del tejido adiposo, principalmente de la grasa visceral (que se acumula en la cavidad abdominal y supone un mayor riesgo). Esto promueve la quema de grasas y ayuda a mantener los niveles de glucosa en sangre.
También regula la sensibilidad a la insulina, permitiendo que el músculo absorba glucosa de manera más eficiente. Este mecanismo explica algunos de los beneficios del ejercicio en la prevención de la diabetes tipo 2.
En general, el músculo actúa como un “termostato metabólico” que regula el gasto de energía y determina cuándo movilizar, almacenar o utilizar energía dependiendo de la actividad física.
sistema cardiovascular
Aunque el ejercicio para pacientes cardíacos debe ser prescrito por un profesional de la salud, como un cardiólogo o un fisioterapeuta, puede ayudar a prevenir enfermedades cardiovasculares.
La actividad física desencadena la liberación de exerquinas, que promueven la vasodilatación, mejoran la función vascular y reducen la rigidez arterial.
Esto explica por qué las personas físicamente activas tienen un menor riesgo de sufrir hipertensión arterial, enfermedades coronarias e insuficiencia cardíaca.
Huesos y osteoporosis
Los músculos también interactúan con el esqueleto. Múltiples miocinas promueven la formación y remodelación ósea al estimular la actividad de los osteoblastos (células formadoras de hueso) y regular la densidad mineral ósea.
Se trata de un complemento necesario a las tensiones mecánicas del ejercicio, y para prevenir y combatir la osteoporosis.
Supresión tumoral y reducción del riesgo de cáncer
Un artículo publicado en The Lancet Oncology identifica el sedentarismo como factor de riesgo de más de 10 tipos de cáncer.
Esto se explica en parte por el hecho de que durante el ejercicio se liberan miocinas, que inhiben la propagación de las células cancerosas y reducen el daño al ADN causado por células potencialmente malignas.
A esto podemos sumar la capacidad del ejercicio para movilizar las células inmunes capaces de reconocer y destruir las células tumorales en las primeras etapas de crecimiento.
Incluso una sola sesión de ejercicio aumenta significativamente los niveles de miocinas capaces de suprimir el crecimiento de las células cancerosas.
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En conjunto, toda esta evidencia muestra que nuestros músculos actúan como un órgano endocrino.
Cada contracción muscular envía señales que regulan el equilibrio interno del cuerpo, lo que significa que el movimiento es biológicamente necesario para que nuestros sistemas corporales funcionen correctamente.
Beatriz Carpallo Porcar, Fisioterapeuta. Personal docente e investigador en el grado de Fisioterapia en la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación iPhysio., Universidad San Jorge; Andrés Ráfales Perucha, Fisioterapeuta y Personal Docente e Investigador de la Universidad San Jorge. Miembro del grupo de investigación UNLOC., Universidad San Jorge; Daniel Sanjuán Sánchez, Fisioterapeuta y personal docente investigador en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad San Jorge, profesor asociado en la Facultad de Enfermería y Fisioterapia de la Universitat de Lleida. Miembro del grupo de investigación iPhysio, Universidad San Jorge; José Lesmes Poveda López, Profesor de Fisioterapia, Universidad San Jorge, y Paula Cordova Alegre, Personal docente – investigador en los grados de fisioterapia y enfermería de la Universidad San Jorge, Universidad San Jorge
Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
