La frecuencia de la bondad puede impulsar a las personas a comportarse de manera menos egoísta

USTED ESTÁ sentado en un laboratorio tranquilo, con los electrodos presionados suavemente contra su cuero cabelludo húmedo. Afuera, el mundo ruidoso suele ser un lugar egoísta, pero aquí, un ritmo sutil está a punto de cambiar la forma en que lo ves. Pequeñas corrientes empujan tus neuronas, susurrando una nueva canción a tus lóbulos frontales. Es una canción de compartir, de ver la necesidad oculta de otra persona como propia.

Esta es la primera línea de una nueva neurobiología, donde los investigadores finalmente están descubriendo por qué algunos de nosotros somos naturalmente más amables que nuestros pares. Resulta que la diferencia entre un avaro y un santo podría no ser una cuestión de carácter moral o educación, sino una simple cuestión de sincronización neuronal.

La tensión entre cuidar al número uno y ayudar a un extraño es uno de los dramas más antiguos de la historia de la humanidad. Durante décadas, hemos visto cómo se desarrolla esto en el “Juego del Dictador”, una simple prueba económica en la que una persona decide cómo dividir un montón de dinero en efectivo con un extraño. Es una medida brutal y binaria de altruismo: puedes conservarlo todo o regalar algo. Algunos de nosotros somos generosos por naturaleza; otros se aferran a cada centavo.

Para descubrir por qué, Jie Hu de la Universidad Normal del Este de China y Christian Ruff de la Universidad de Zurich decidieron ver si podían sintonizar el cerebro como una radio. Ya sabíamos que dos áreas específicas parecen iluminarse cuando enfrentamos estas decisiones: la corteza frontal, que nos ayuda a sopesar lo que otras personas quieren, y el lóbulo parietal, que actúa como una calculadora biológica, sumando la evidencia antes de actuar.

Pero saber que están activos no es lo mismo que saber cómo se hablan entre sí. “Identificamos un patrón de comunicación entre regiones del cerebro que está vinculado a elecciones altruistas”, dice Ruff.

Para demostrarlo, el equipo reclutó a 44 voluntarios para un empujón de alta tecnología. Utilizando una técnica llamada estimulación transcraneal de corriente alterna (tACS), enviaron una frecuencia específica al cerebro, obligando a las regiones frontal y parietal a dispararse en perfecta sincronización. Es un poco como obligar a dos instrumentos distantes a tocar el mismo ritmo para que finalmente puedan encontrar una armonía.

El ritmo que eligieron fue la banda “gamma”, un pulso de alta frecuencia que el cerebro utiliza cuando está profundamente involucrado en el procesamiento de información. Mientras los participantes jugaban cientos de rondas del Juego del Dictador, tomando más de 500 decisiones sobre si compartir o acumular su dinero, los investigadores giraron el dial.

Los resultados fueron sorprendentes. Cuando la estimulación aumentó la sincronía de esas ondas gamma, las personas se volvieron significativamente más altruistas. Eran más propensos a ofrecer más dinero a sus socios, incluso cuando eso significaba que se llevarían menos que la persona a la que estaban ayudando.

No fue sólo un cambio aleatorio de comportamiento. Cuando el equipo intentó un ritmo “alfa” más lento, no pasó nada. Tenía que ser gamma. “Nos sorprendió cómo mejorar la coordinación entre dos áreas del cerebro conducía a elecciones más altruistas”, dice el coautor Marius Moisa. “Cuando aumentamos la sincronía entre las regiones frontal y parietal, era más probable que los participantes ayudaran a otros, incluso cuando tuviera un costo personal”.

El modelado computacional de los datos reveló lo que estaba sucediendo detrás de escena. La estimulación no consistía simplemente en hacer a la gente “más amable” de una manera vaga y confusa; en realidad estaba cambiando sus pesos internos. Empujó sus preferencias, haciéndoles considerar más seriamente el bienestar de la otra persona al sopesar cada oferta.

“Lo nuevo aquí es la evidencia de causa y efecto”, dice Hu. “Cuando alteramos la comunicación en una red cerebral específica utilizando estimulación dirigida y no invasiva, las decisiones de las personas sobre compartir cambiaron de manera consistente, cambiando la forma en que equilibraban sus propios intereses con los de los demás”.

Todavía quedan obstáculos por superar. Los investigadores no registraron la actividad eléctrica del cerebro exactamente al mismo tiempo que la estimulación, por lo que el siguiente paso implica utilizar EEG para observar cómo se desarrolla el diálogo neuronal en tiempo real. Necesitamos ver si estos patrones se mantienen en las decisiones confusas y de alto riesgo del mundo real.

Pero las implicaciones van mucho más allá del laboratorio. Comprender esta sinfonía neuronal podría cambiar nuestra forma de pensar sobre los trastornos sociales en los que no hay empatía, o simplemente ayudarnos a comprender por qué algunas sociedades cooperan mejor que otras. Como dice Ruff, esta investigación “prepara el terreno para futuras investigaciones sobre cooperación, especialmente en situaciones en las que el éxito depende de que las personas trabajen juntas”.

Por ahora, parece que la bondad no es sólo una elección que hacemos; es una frecuencia que sintonizamos. Si podemos encontrar el ritmo correcto, podríamos encontrar una manera de subir el volumen de nuestra mejor naturaleza.

Enlace del estudio: https://journals.plos.org/plosbiology/article?id=10.1371/journal.pbio.3003602

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