PARECE un rompecabezas tridimensional de un gigante prehistórico. Seishiro Tada está sentado en su escritorio en el Museo de la Universidad de Tokio, rodeado de fragmentos impresos en 3D de un cráneo de Triceratops. Mientras junta las intrincadas formas de plástico blanco del hocico del dinosaurio, nota algo que no debería estar allí: una extraña disposición de canales internos que desafía el modelo estándar de la anatomía reptiliana. “Recuerdo los patrones básicos de los reptiles”, dice Tada. “Pero no podía entender cómo encajaban los órganos en su interior”.
El misterio radica en la nariz cavernosa del más emblemático de los dinosaurios con cuernos. Durante más de un siglo, el gran tamaño de la cavidad nasal del Triceratops ha desconcertado a los paleontólogos. Mientras que otros dinosaurios se conforman con fosas nasales modestas, los ceratópsidos desarrollaron aberturas nasales que ocupan una gran parte de sus enormes cráneos. Ahora, al combinar tomografías computarizadas de alta resolución de un premaxilar de Triceratops desarticulado con una inmersión profunda en la anatomía de las aves y cocodrilos modernos, Tada y su equipo han proporcionado el primer mapa completo de los tejidos blandos que alguna vez llenaron ese vacío.
Lo que encontraron sugiere que Triceratops no solo usaba su nariz para oler. En cambio, parece que estos dinosaurios habían reconfigurado toda su anatomía facial para soportar un sofisticado sistema de enfriamiento interno. En un reptil típico, los nervios y vasos sanguíneos que irrigan las fosas nasales toman un atajo desde la mandíbula. Pero en Triceratops, la arquitectura única del cráneo crea un obstáculo literal. “La forma del cráneo bloquea el paso de la mandíbula”, dice Tada, “por lo que los nervios y los vasos toman la rama nasal”.
Este desvío anatómico fue una adaptación necesaria para una criatura que era esencialmente un tanque biológico. A medida que los ceratópsidos crecieron y sus cráneos se volvieron más elaborados (con esos famosos cuernos y volantes), se enfrentaron a un problema creciente: el sobrecalentamiento. Es difícil enfriar una cabeza enorme con huesos gruesos, especialmente en el calor húmedo del Cretácico Superior. La solución fue una mejora evolutiva de las tuberías nasales.
Oculta dentro de las tomografías computarizadas, los investigadores identificaron una pista crucial: una cresta ósea en la parte posterior de la cavidad nasal. En las aves modernas, esta cresta sirve como anclaje para un cornete respiratorio: una estructura delgada y curvada hecha de cartílago o hueso que está cubierta por una rica capa de vasos sanguíneos y tejido húmedo. Mientras el dinosaurio inhalaba, estos cornetes habrían actuado como un intercambiador de calor, enfriando la sangre antes de que llegara al cerebro y evitando que la preciosa humedad se perdiera en la atmósfera.
La presencia de estos cornetes es una revelación. Si bien son una característica estándar en los mamíferos y las aves, casi nunca se ven en los dinosaurios. Su descubrimiento en Triceratops sugiere un nivel de complejidad fisiológica que apenas estamos comenzando a comprender. “Aunque no estamos 100 por ciento seguros de que el Triceratops tuviera un cornete respiratorio”, admite Tada, “algunas aves tienen una base de unión para el cornete respiratorio y los dinosaurios con cuernos tienen una cresta similar en un lugar similar”.
Este aire acondicionado nasal habría sido vital para un herbívoro de gran tamaño. Podemos imaginar un Triceratops moviéndose entre los helechos, con su enorme cabeza balanceándose hacia abajo. Con cada respiración, el aire que circulaba por esas enormes fosas nasales iba perdiendo calor y humedad, lo que permitía al animal mantener una temperatura interna estable incluso mientras se esforzaba. Se trata de un retrato de un dinosaurio que era mucho más que una simple colección de cuernos y escudos; era una máquina finamente afinada.
El trabajo del equipo ha llenado eficazmente uno de los últimos grandes vacíos en nuestra comprensión de la anatomía de los tejidos blandos de los dinosaurios. Al aplicar el “grupo filogenético existente”, un método para inferir los rasgos de animales extintos observando a sus parientes vivos más cercanos, han ido más allá de las conjeturas y han entrado en el ámbito de la reconstrucción biológica precisa. Es un proceso de “armar las piezas del rompecabezas”, como dice Tada, un proceso que requiere tanto la última tecnología como un profundo respeto por la continuidad de la vida.
Sin embargo, la nariz es sólo el comienzo. El cráneo ceratópsido sigue siendo una de las estructuras más complejas en la historia de la evolución de los vertebrados. Detrás del hocico se encuentra el volante, una enorme extensión de hueso que se ha interpretado de diversas formas como un radiador, un escudo o una exhibición extravagante para atraer parejas. Ahora que el equipo ha mapeado el “cableado” interno de la nariz, está centrando su atención en estas otras regiones.
“A continuación, me gustaría abordar cuestiones relacionadas con la anatomía y la función de otras regiones de sus cráneos, como sus característicos volantes”, dice Tada. El objetivo es una comprensión completa y tridimensional de cómo estos animales funcionaban como entidades vivientes que respiraban. Cada descubrimiento nos acerca a una versión del pasado que tiene menos que ver con fósiles estáticos y más con la realidad dinámica de la vida prehistórica.
Por ahora, la imagen del Triceratops de “nariz grande” sirve como recordatorio de cómo la evolución a menudo encuentra soluciones ingeniosas a los problemas de escala. Al mirar esas icónicas caras de tres cuernos, ahora podemos ver más allá del hueso y ver la compleja red de vasos y tejidos que los mantuvieron frescos en un mundo en calentamiento. El rompecabezas prehistórico está casi completo, pero cuanto más aprendemos, más nos damos cuenta de lo notables que eran realmente estos gigantes “entrometidos”.
Enlace del estudio: https://anatomypubs.onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/ar.70150
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