Se llama Minamitorishima. y es un pequeño atolón en el Océano Pacífico. Es una de las islas más remotas del vasto archipiélago de Japón, hasta el punto de que se encuentra a casi 2.000 kilómetros al sureste de Tokio. Sin embargo, desde las profundidades de los mares circundantes puede surgir un tremendo regalo para la economía del país.
Allí, a 6.000 metros de profundidad bajo el agua, un grupo de investigadores japoneses logró una verdadera misión imposible: recuperar sedimentos que contienen elementos de tierras raras de uno de los depósitos submarinos más prometedores descubiertos en los últimos años.
La hazaña fortalecerá el papel de Japón en el cada vez más crucial sector de las tierras raras, un elemento central en la guerra comercial entre China y Estados Unidos. De hecho, Japón es el único país industrial importante que, si bien permanece parcialmente expuesto, ha logrado reducir significativamente su dependencia de Beijing.
La “Misión Imposible” en el Fondo Marino del Pacífico
La operación Minamitorishima, realizada con el buque científico de perforación en aguas profundas Chikyu, representa el primer intento del mundo de tomar muestras a tales profundidades.
El gobierno japonés calificó el resultado como “un hito importante en términos de seguridad económica y desarrollo marítimo general”, y destacó que los análisis en curso ahora tendrán que determinar la cantidad y calidad precisas de los elementos presentes en las muestras extraídas. Pero más allá del aspecto técnico, el valor del emprendimiento es sobre todo estratégico.
Las tierras raras son un grupo de 17 metales fundamentales para las tecnologías avanzadas. Se dedican a la producción de imanes de alta resistencia para vehículos eléctricos, turbinas eólicas, dispositivos electrónicos, semiconductores, sistemas de radar, misiles y más. Elementos como el disprosio y el itrio, de los cuales el área alrededor de Minamitorishima contiene reservas estimadas de 730 y 780 años de consumo, respectivamente, se han convertido en materiales críticos para la industria y la defensa modernas. Según algunas estimaciones, el depósito submarino japonés podría contener más de 16 millones de toneladas de tierras raras, lo que se perfila como la tercera reserva más grande del mundo.
El shock de 2010 y el cambio estratégico
La carrera de Tokio hacia la autosuficiencia minera no comenzó hoy. Tiene sus raíces en 2010, cuando una crisis diplomática con Beijing expuso sin rodeos la vulnerabilidad japonesa.
Después de un incidente entre un barco pesquero chino y dos unidades de la guardia costera japonesa cerca de las islas Senkaku, China bloqueó las exportaciones de tierras raras a Japón durante unos dos meses. En ese momento, Tokio dependía de Beijing para más del 90 por ciento de sus importaciones de estos materiales. El embargo causó pánico en todas las industrias, particularmente en el sector automotriz, y los precios globales de las tierras raras se multiplicaron por diez en un año.
Esa crisis representó un shock estratégico. A diferencia de otros países industriales, que vieron el episodio como una tensión circunscrita o temporal en esos años, Tokio lo interpretó como una señal estructural. La dependencia excesiva de un único proveedor, un rival regional además, constituía un riesgo existencial para una economía avanzada y altamente industrializada.
Desde entonces, Japón ha cambiado radicalmente su estrategia. El gobierno lanzó un paquete extraordinario de medidas: inversión en tecnologías para reducir el uso de tierras raras, desarrollo de materiales alternativos, mejora del reciclaje, adquisición de participaciones en minas en el extranjero –particularmente en Australia, con apoyo al Grupo Lynas– y creación de reservas estratégicas.
Como resultado de esta política, la dependencia de Japón de China ha disminuido constantemente. Ha alcanzado alrededor del 50 por ciento en los últimos años, un nivel que ningún otro país ha podido igualar. El factor decisivo para el éxito de la estrategia fue su enfoque integrado.
Japón no sólo ha buscado nuevos proveedores sino que también ha trabajado simultáneamente en múltiples frentes. Las empresas japonesas, con el apoyo del gobierno, han invertido en el desarrollo de imanes que utilizan menos disprosio. Al mismo tiempo, se han impulsado programas de investigación sobre materiales alternativos. Este aspecto es crucial: reducir la dependencia significa no sólo cambiar de proveedores sino también reducir las necesidades estructurales.
Inventario, innovación y ventaja competitiva
Otro factor clave, según los analistas, es el inventario. El gobierno japonés ha creado reservas estratégicas de tierras raras para mitigar cualquier interrupción temporal del suministro. Sin embargo, esta elección aparentemente simple requiere una visión de largo plazo y una disponibilidad de capital que no todos los países han estado dispuestos o han sido capaces de movilizar. Las existencias no eliminan la dependencia, pero proporcionan un tiempo precioso en caso de una crisis, lo que permite a la industria adaptarse sin cierres inmediatos.
A estos elementos se suma una característica estructural de la economía japonesa: la alta integración tecnológica. Japón no es sólo un importador de tierras raras, sino un actor avanzado en su transformación en componentes de alto valor añadido. Esta experiencia ha facilitado la innovación y la reducción de la intensidad de uso de materiales críticos. En otras palabras, la capacidad de hacer más con menos se ha convertido en una ventaja competitiva.