El ADN antiguo revela que la familia no siempre fue cuestión de sangre y puede redefinir el parentesco

La familia no siempre sigue un árbol genealógico. Hay personas con las que crecemos que nos sentimos como en familia, incluso si no existe una conexión biológica. Una nueva investigación sugiere que ese tipo de relación pudo haber sido igualmente significativa hace miles de años.

Un estudio publicado en el Cambridge Archaeological Journal encuentra que las personas enterradas juntas en comunidades antiguas a menudo no estaban relacionadas biológicamente. Al comparar el ADN antiguo con patrones de entierro en sitios de Europa y Asia occidental, los investigadores muestran que las vidas compartidas, no solo los genes compartidos, ayudaron a definir el parentesco en el pasado.

“Las personas enterradas juntas a menudo no están relacionadas genéticamente. Esto sugiere que la pertenencia no estaba definida solo por la biología. Por lo tanto, las comunidades antiguas reconocían el parentesco a través de prácticas compartidas como la comensalidad y la adopción, junto con otras formas de relación socialmente reconocidas”, dijo la autora principal Sabina Cveček a Discover. “El parentesco no sigue un camino de evolución simple y lineal”.

Cómo el ADN antiguo revela relaciones familiares

Gran parte de lo que sabemos sobre las relaciones antiguas proviene de la arqueogenética: el estudio del ADN conservado en restos humanos. Aunque el material genético se degrada con el tiempo, los rastros pueden sobrevivir en huesos densos como el oído interno.

Los científicos ahora pueden extraer y secuenciar esos fragmentos, pero lo que recuperan está incompleto. En cambio, se basan en modelos estadísticos para reconstruir las relaciones biológicas.

Ese trabajo puede mapear árboles genealógicos antiguos, pero también revela un límite: el ADN muestra quién estaba relacionado, no qué los convertía en familia.

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Una casa llena de extraños

Esa brecha queda clara en Çatalhöyük, un asentamiento de 8.000 años de antigüedad en Anatolia Central, donde los muertos fueron enterrados bajo los pisos de las casas.

Durante años, los arqueólogos asumieron que estos entierros reflejaban familias biológicas. Pero el análisis genético ha revelado que muchos individuos enterrados dentro de la misma casa no estaban relacionados.

“Çatalhöyük […] proporcionó la evidencia de que muchos individuos enterrados juntos no estaban estrechamente relacionados. Sugiere que la gente de Çatalhöyük creó parentesco a través de la co-residencia cotidiana (compartiendo espacio, comida y vínculos sociales) en lugar de solo a través de la sangre”, compartió Cveček con Discover.

Las propias prácticas funerarias sugieren niveles adicionales de significado. En algunos casos, los bebés eran enterrados separados de los adultos, un patrón observado en sitios similares en Anatolia y los Balcanes, lo que posiblemente refleja una forma de “condición de persona retrasada”, donde la identidad social se desarrolló con el tiempo.

Este patrón está obligando a los arqueólogos a repensar suposiciones de larga data. Si las personas enterradas juntas no estaban necesariamente relacionadas, entonces el parentesco en estas comunidades puede haber estado determinado menos por la ascendencia y más por la experiencia compartida.

También complica la evolución de los sistemas familiares con el tiempo. En lugar de seguir una trayectoria única, la evidencia apunta a variaciones y cambios. Algunas de las primeras sociedades agrícolas de Europa parecen haber estado organizadas según líneas paternales, mientras que las comunidades británicas posteriores de la Edad del Hierro muestran signos de estructuras matrilineales. En conjunto, esos cambios apuntan a que el parentesco no es fijo ni universal.

Repensar lo que se considera familia

Los hallazgos apuntan a un cambio más amplio en la forma en que los investigadores abordan las sociedades antiguas. El ADN antiguo ha hecho posible reconstruir relaciones biológicas, pero esas reconstrucciones capturan sólo una capa de conexión humana.

En lugar de depender únicamente de la genética, los investigadores ahora están presionando por una lente más amplia.

Proponen “un marco que reúne contexto, ética, capacitación e interpretación para repensar lo que se considera pariente. Esto nos permite ir más allá de la genética y reconocer múltiples formas de convertirnos en parientes, incluida la co-residencia, el cuidado y las prácticas compartidas, en comunidades pasadas”, dijo Cveček a Discover.

Al final, la investigación señala que la familia nunca ha sido definida únicamente por el ADN, sino por las relaciones que las personas construyen y eligen mantener.

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Fuentes del artículo

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Este artículo hace referencia a información de un estudio publicado en Cambridge Archaeological Journal: Kinship Trouble: What, When, Where, Why, and How — and So What?