La científica y empresaria Cristina Garmendia (64 años, San Sebastián) llevaba años dedicada a la biotecnología cuando José Luis Rodríguez Zapatero, en 2008, llamó a su puerta. Presidía la patronal del sector, había fundado empresas y conoció mejor un laboratorio y un consejo de administración que un escaño del Congreso. Aceptó convertirse en ministra de Ciencia e Innovación sin haber hecho carrera en un partido y, 15 años después de abandonar el Gobierno, sigue convencida de que esa falta de experiencia política fue una de sus mayores fortalezas. Hoy preside de manera altruista la Fundación Cotec (una organización privada que promueve la innovación como motor del desarrollo económico y social y elabora propuestas para mejorar las políticas públicas), forma parte del consejo de administración de CaixaBank y continúa al frente de proyectos empresariales relacionados con la innovación.
Cristina Garmendia, el pasado 20 de julio, en la sede de la Fundación Cotec, en Madrid. / Alba Vigaray / EPC
Esa trayectoria, antes y después de su paso por el Ejecutivo central, explica una de sus afirmaciones más rotundas durante la charla de casi una hora en la sede de Cotec, en el centro de Madrid. “La política profesional, únicamente política, está coja”, lanza. Garmendia sostiene que las máximas responsabilidades públicas no deben recaer en personas que solo conocen la política desde dentro de un partido. “No debería ofrecerse altas responsabilidades políticas a personas que solo han hecho política”, afirma. Haber pasado por la empresa, la universidad o la investigación no garantiza gobernar mejor, pero sí aporta, a su juicio, una mirada más amplia sobre los problemas que hay que resolver desde el Estado.
La calidad de la política es muy superior a lo que se percibe”
El momento más rotundo de la conversación llega cuando se le pregunta por las informaciones que en las últimas semanas han situado a Zapatero en el centro de la actualidad por supuesta corrupción. Responde que solo sabe lo que ha ido viendo en los medios y que necesitaría una “conversación” con él, para poder tener una “opinión” firme aunque sí dice formar parte del “grupo de personas muy sorprendidas”. Se corrige sobre la marcha: “No sorprendidas, muy sorprendidas”. No añade nada más. Garmendia coincidió con Zapatero entre 2008 y 2011, cuando el PSOE dejó la Moncloa tras perder las elecciones generales de aquel año. Tras la paréntesis, la conversación vuelve a analizar cómo funciona realmente la política cuando se apagan los focos.
No habla desde el desencanto. Al contrario. Si algo reivindica de su paso por el Gobierno es la utilidad de la política. “La solución a los problemas pasa por la política”, considera. Haber ocupado un ministerio le enseñará que cada jornada cuenta y que las reformas únicamente salen adelante si se piensan con perspectiva. “No puedes trabajar pensando en que vas a salir; tienes que trabajar pensando en que vas a permanecer para siempre”, aconseja. Aunque un ministro pueda caer mañana, las políticas públicas tienen que diseñarse como si fueran a durar décadas.
También desmonta el tópico de una política reducida al ruido y la bronca. Reconoce que esa crispación existe y ocupa casi todo el escaparate, pero asegura que detrás hay otra realidad: equipos que negocian, diputados que buscan acuerdos y conversaciones discretas. Lo vivió durante la tramitación de la ley de la ciencia. Rosa Díez (de Unión, Progreso y Democracia, la extinta UPyD) le confesó que presentaría una enmienda a la totalidad porque era “la única posibilidad” que tenía para “salir a hablar en el Congreso”. Para Garmendia, el episodio se resume hasta qué punto la política combina convicciones, estrategia y necesidad de hacerse visible. La ley de la Ciencia fue aprobada en 2011 con un consenso extraordinariamente amplio: 289 votos a favor y solamente tres en contra, los de Díez (UPyD), Gaspar Llamazares (IU) y Nuria Buenaventura (ICV).
Si hubiéramos tenido más experiencia política [mi equipo y yo]hubiéramos sido menos audaces”
La exministra tampoco idealiza los entresijos del poder. En sus primeras comparaciones parlamentarias daba por hecho que una pregunta merecía una respuesta y contestaba exactamente a lo que le planteaban. Sus asesores la frenaron: “No, no, no. Hay que colocar el mensaje político”. Descubrió que muchas preguntas no buscan tanto una contestación como abrir el camino al argumento que el Gobierno quiere lanzar ese día. Acabó aprendiendo el mecanismo, aunque todavía reivindica que “la espontaneidad siempre es el mayor valor político”. Esa mezcla de ingenio y aprendizaje resume cómo vivió una etapa a la que llegó sin manual de instrucciones.
Ministros ejemplares
Su mirada crítica se detiene también en el presente. Cree que las redes sociales han instalado una percepción mucho más negativa de la política de la que merece. “La calidad de la política es muy superior a lo que se percibe”, afirma. No niega los errores ni la desafección ciudadana, pero lamenta que el debate premie casi siempre el conflicto sobre la gestión y que los bulos pesen más que los resultados. Por eso cita como ejemplos de “muchísimo éxito político y técnico” al vicepresidente y ministro de Economía Carlos Cuerpo, al titular de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, y Diana Morant, ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, como ejemplos de responsables públicos cuyo trabajo considera mejor de lo que refleja la conversación diaria. Abunda en el caso de Morant, quien cree que no está logrando que su trabajo sea tan visible, porque está también en la carrera por la Comunitat Valenciana. “Ella y su equipo, sobre todo Juan Cruz [secretario de Estado]han desarrollado una política de ciencia e innovación que yo creo que es muy buena, con presupuestos que han sido expansivos, sí, pero también con nuevos instrumentos que están dando sus frutos”, concreta.
Cristina Garmendia, el pasado 20 de julio, cerca de la sede de la Fundación Cotec, en Madrid. / Alba Vigaray / EPC
Sostiene que su falta de experiencia partidista antes de llegar al Gobierno de Zapatero la hizo más arrojada. “Si hubiéramos tenido más experiencia política [mi equipo y yo]hubiéramos sido menos audaces”. La experiencia exterior no sustituyó al aprendizaje político, pero le permitió plantear las decisiones con menos inercias y una relación más directa con los problemas.
Hacer política desde fuera
Con todo ese bagaje, la respuesta sobre un posible regreso a la política activa llega sin vacilaciones: “No volvería”. No porque reniegue de aquella etapa, sino porque cree que también se puede hacer política fuera de un ministerio. Desde Cotec mantiene relación con “todos los gobiernos autonómicos” sin excepción, participa en el diseño de políticas de innovación y sigue intentando influir en las decisiones públicas. “Hay otras maneras de estar en política”, explica.
La relación se vuelve más íntima al final. “La familia sufre mucho”, admite cuando habla de una posible vuelta a la política. Recuerda aquellos años como una dedicación absoluta, sin horarios ni desconexión posible, “24 horas al día”. Cerró aquella etapa sin nostalgia y disfrutó recuperando gestos cotidianos, como salir a la calle sin móvil y sin la obligación de tener una opinión inmediata sobre cualquier asunto del Gobierno. Pero reconoce que la política la cambió para siempre. Comprender desde dentro cómo se construyen las decisiones públicas es un aprendizaje que ya no se pierde. No piensa volver a un ministerio, pero no se ve abandonando el servicio público, simplemente ha encontrado otras formas de ejercerlo.
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